Capítulo 11

Por más que lo pensara, no había ninguna razón para que Amelia siguiera siendo necesaria. Solo había pasado un día, pero parecía que no tenía ninguna labor que cumplir como gran duquesa. Además, tampoco es que Amelia hubiera llevado una vida muy ejemplar que digamos…

Lo único que hacía era emborracharse a la menor oportunidad, romper los objetos de la casa o desquitarse con Leonel. Seguramente no podía soportarlo si no estaba bajo los efectos del alcohol. Pero, aun así, estuvo mal atormentar a un niño inocente.

—Por esto es que el prestigio de la gran duquesa está por los suelos.

Tener un montón de criadas a su disposición no elevaba su estatus por arte de magia. Sus berrinches no eran más que una forma de reclamar por qué no la amaban.

—Primero, organicemos la información…

Lo bueno era que no había pasado tanto tiempo desde que leyó el libro.

Amelia muere cuando Leonel tiene seis años. Eso significaba que le quedaba poco más de un año de vida… y toda la historia estaba narrada desde la perspectiva de Leonel.

—Recuerdo que decía que el penetrante olor a alcohol le calaba en la nariz.

Se mencionaba que Amelia siempre olía a alcohol, pero que aquel día en particular, un aroma especialmente fuerte llenaba la habitación. Incluso decía que era tan intenso que él dudó en entrar. ¿Significaba eso que se suicidó impulsivamente estando completamente ebria?

—¿Tan impulsiva era la Amelia original?

A veces los seres humanos cambian por el más mínimo impacto. Y solo había una persona capaz de impactar a Amelia: Raphael Lloyd Siegfried. 

Algo debió haber pasado con él. Dado que la pareja discutía cada vez que se veían, era una posibilidad muy alta. Por cierto, qué desastre de familia: un padre que huele a sangre y una madre que huele a alcohol. Era la peor situación posible

—Esperar que un niño crezca sano con padres así es un milagro.

Al final, aunque dijo que organizaría el contenido, lo único que anotó en el papel fueron fragmentos sueltos. Y para colmo, solo eran eventos posteriores a la muerte de Amelia. En el libro ni siquiera se explicaba por qué o cómo murió ella exactamente.

Lo único importante era que Leonel, con tan solo seis años, la vio colgarse frente a sus ojos.

—Solo necesitaban a una villana retorcida para justificar la falta de afecto del niño.

Mientras más lo pensaba, más le molestaba. Se notaba que el autor le había dado todo lo bueno al tercer príncipe, el protagonista masculino. 

«¿Cómo podía ser tan injusto?»

—Dinero, apariencia, poder. Incluso le dieron toda la bondad posible.

En cambio, Leonel tenía solo la mitad del dinero y del poder. Su apariencia era rechazada porque sus ojos no eran dorados, y su personalidad no podía decirse que fuera buena. Aaron, el protagonista, era lo opuesto a Leonel en todo. Como dos líneas paralelas que nunca podrían cruzarse. El diseño del personaje era tan obvio que la hacía fruncir el ceño.

—…

Amelia rayó el papel con la pluma en silencio. Si no lo supiera, lo ignoraría, pero ahora que lo sabía todo, era imposible hacerse la desentendida. Incluso si ella se marchaba, no había garantía de que Leonel no desarrollara otros traumas. Mientras estuviera en esta casa, había demasiados elementos de inestabilidad.

Primero necesitaba información. Lo que sabía pertenecía a un futuro muy lejano. Ni siquiera conocía las leyes o la cultura de este lugar.

—¿Por qué rayos… tuve que convertirme en Amelia?

Una cosa era adaptarse y otra muy distinta era querer aceptarlo. Todavía sentía que, si cerraba y abría los ojos, regresaría a su mundo original.

Flipp, flipp.

Pasó las páginas del libro sin pensar y, aunque lo normal sería que no pudiera leerlo, entendía todo el significado en su cabeza. Era como si el destino se burlara de sus deseos.

—No puedo creer que me trajeran esto llamándolo “libro”.

Una cosa es ignorar a la gran duquesa y otra es esto. Una novela barata que solo leería la gente común e incluso un libro de dibujos. ¿Qué concepto tenían de su nivel intelectual para traerle algo así? Sería mejor ir directamente a la biblioteca y elegir ella misma. Lo que buscaba era un código civil donde estuvieran escritas las leyes de divorcio.

—El divorcio es mejor que la muerte, ¿no?

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Dicen que, si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, ganarás cien batallas.

Se quedó encerrada en su habitación hasta el almuerzo tratando de organizar los detalles, pero lo único que recordaba eran los éxitos del tercer príncipe. Cómo él y la protagonista, Sierra, lograron consumar su amor. Gracias a eso, terminó recordando incluso la muerte de Leonel, algo que había olvidado.

Se sentía tan mal que no podía soportarlo. El autor solo permitió que Leonel “despertara” al final de la historia. Fue entonces cuando sus ojos cambiaron al dorado de los Siegfried y pudo usar sus habilidades a la perfección. Sin embargo, el poder de controlar a las bestias mágicas se convirtió de inmediato en una maldición para él.

—No me gusta nada esto…

Sus oponentes eran la Santa de la profecía que salvaría al imperio y el príncipe que usaba magia blanca. Era obvio cómo vería la gente a Leonel, quien controlaba bestias. Y eso que la seguridad del imperio siempre había sido garantizada por el poder de la familia Siegfried.

«─Para proteger la paz del imperio y expulsar la maldad, la familia Siegfried debe ser exterminada». 

Bajo esa excusa tan conveniente, el tercer príncipe expulsó a Leonel. Nadie ignoraba que, en realidad, era para que no le arrebataran a Sierra. Pero la combinación del poderoso poder de la Santa y la magia blanca hizo que todos guardaran silencio.

Al final, acorralado en una situación extrema, Leonel eligió la magia negra. La magia negra es un poder peligroso que consume a quien la usa. Una vez tomada esa decisión errónea, no hubo vuelta atrás, y la gente consideró a Leonel como el mal encarnado. Al no poder obtener a Sierra, Leonel comenzó a perder el control cada vez más. Incluso llegó a secuestrarla con la intención de herirla.

Esa era la razón por la que Leonel era el villano y la mente maestra del libro. Ella sabía que ese niño que ahora sonreía tímidamente, al crecer, teñiría todo el imperio de oscuridad. Y sabía que su final sería la autodestrucción.

—Al final, no quedó nadie vivo en la familia Siegfried.

Por eso tuvo fiebre durante un tiempo después de leer el libro. Para alguien que apoyaba a Leonel, era el peor final posible. Un desastre total. Por muy villano que fuera, el final fue demasiado cruel.

Al menos ella no podía señalarlo con el dedo, porque conocía su final. Mientras moría, Leonel pensó en Amelia. Odiaba el cabello y los ojos dorados, rasgo de los Siegfried, y deseaba haber tenido cabello plateado y ojos violetas.

Al recordar a Leonel diciendo si podría ver a su madre al cerrar los ojos, apretó con fuerza la pluma que tenía en la mano.

—¡Ah…!

Por la fuerza que aplicó sin darse cuenta de que la tinta goteaba, el papel donde había tomado notas quedó hecho un desastre. La tinta se extendió rápidamente y ya no se podía leer nada de lo que escribió. Pero no importaba, ya lo tenía todo en su cabeza.

Si algo había ganado tras sobrevivir en su empresa, era que su memoria y capacidad de retención habían mejorado. Gracias a eso, no olvidaba lo que escribía una vez. Casi que fue mejor así; si alguien descubría notas escritas en coreano, podrían tomarla por loca.

—…

Amelia terminó de volcar el resto de la tinta sobre el papel. Mientras ella estuviera aquí, esas cosas no sucederían. Jamás.

¡Pam!

Abrió la puerta de golpe. Ella misma se había encerrado, pero ya no quería estar más en esa habitación. Solo habían pasado dos días, pero todos en la casa Siegfried esperaban que Amelia se quedara tranquila en su cuarto. Por eso le enviaban alcohol fuerte y llamaban a mercaderes para que gastara dinero a manos llenas.

Era como darle un dulce a un niño que llora: Toma, come y quédate callada.

—¿Su, su alteza?

—Pero qué es esto…

—Ah, se derramó un poco de tinta.

Cuando salió, las criadas y May se sobresaltaron. Era natural, ya que tenía las manos y el vestido manchados de tinta.

—¿Me llevarían al estudio?

—¿Perdón?

Al ver el rostro confundido de May, se dio cuenta de que se había expresado mal.

—No al estudio del gran duque, sino a un lugar donde pueda leer libros.

Cuando dijo “estudio”, May puso esa cara porque pensó que se refería al despacho de Raphael. Ni loca iría a buscarlo por voluntad propia. Era el hombre con el que menos quería cruzarse.

—Primero, permítame limpiarle las manos…

—¿Esto? Solo hay que frotar.

Amelia restregó descuidadamente la tinta de sus manos contra su vestido.

—No es la primera vez que pasa, ¿o sí?

Que Amelia se emborrachara, rompiera cosas y armara escándalos en la casa era algo cotidiano. De hecho, Raphael lo permitía. No, lo fomentaba. Era su forma de decir que no le importaba lo que ella hiciera, siempre y cuando no lo molestara. Ese era también el motivo por el que le aumentó el presupuesto personal.

Era imposible que le cayera bien ese hombre.

—Me trajeron esto diciendo que son libros… es indignante.

—…

—¿Me van a guiar o no?

Al menos, no pensaba comportarse como Raphael Lloyd Siegfried quería.


Créditos

Raw Hunter: Georgi

Traducción: Taesty

Corrección: Aeri


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