Capítulo 15

Amelia le dedicó una sonrisa radiante, como queriendo decir que sus palabras no le importaban en lo más mínimo, y la expresión de fastidio en el rostro de Raphael fue digna de verse. Durante las últimas semanas, ella no le había dirigido la palabra a menos que fuera estrictamente necesario, pero, aun así, las sospechas del hombre seguían intactas.

Por supuesto, Amelia tenía sus antecedentes, pero ¿no era hora de que él se diera cuenta? Ella ya no tenía ningún interés en Raphael Lloyd Siegfried. Claro, eso no significaba que no se sintiera intimidada por su apariencia; después de todo, era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

Sin embargo, ese hombre era como una fruta prohibida. Tal como las flores más hermosas ocultan el veneno más letal, Raphael era igual. Su aroma peligroso era capaz de hechizar a cualquiera hasta hacerle olvidar el riesgo.

—Gran Duquesa.

—Dígame, ¿me llamó? —respondió ella con naturalidad.

Por mucho que detestara a su esposa, Raphael siempre la llamaba por su título. Era comprensible que la Amelia original se hubiera vuelto loca de resentimiento.

—¿Qué planeas hacer esta vez?

—¿Yo? Solo voy a intentar gastar mi dinero de forma inteligente.

Ante su respuesta, Raphael no dijo nada; se limitó a observarla fijamente. Cada vez que él la miraba de esa manera, a ella le recorría un sudor frío por la espalda. Especialmente por esos ojos suyos, que daban la sensación de poder desenterrarlo todo.

—… Entonces, nos vemos por la noche.

A Amelia no le gustó que él se limitara a mirarla fijamente para luego soltar su comentario y darse la vuelta, pero no tenía opción. “¿Nos vemos por la noche?”. Aquella frase sonaba tan ambigua que cualquiera podría malinterpretarla, y Amelia se quedó atónita. Si May llegaba a escuchar eso, se armaría un escándalo.

—¿May…?

—…

—¿Estabas esperando?

Como si la hubieran invocado, May apareció justo detrás. Trató de mantener su expresión lo más neutral posible, pero era evidente que la criada estaba furiosa. Amelia sabía perfectamente por qué May se había mostrado más tolerante últimamente: era porque ella parecía haber perdido el interés en Raphael. Había una razón por la cual May era especialmente cruel con Leonel.

May y Amelia no se llevaban bien. Ambas eran rivales que competían por el mismo hombre.

—¡Su alteza! ¡¿Por qué se mueve por el castillo a su antojo?! —exclamó May.

Sería extraño que se llevaran bien.

—¿Acaso tengo que pedirte permiso para ir a cualquier parte, May?

—No es eso, pero debería avisar antes de…

—¿Y esperar a que me des tu aprobación? —interrumpió Amelia.

Era un reclamo absurdo. Con la Amelia de antes, ese tono habría funcionado, pero con ella no sería así.

—¿Necesita una esposa una razón para ver a su marido?

Eso era lo que May más detestaba. La criada siempre le decía a Leonel que Amelia no era diferente de ella, alguien de origen humilde. May creía que podía ocupar el lugar al lado de Raphael. Por mucho que Amelia fuera solo la hija de un vizconde, seguía siendo noble. Había una diferencia de clase abismal con una criada de origen plebeyo.

—Tú misma lo viste. Su excelencia se alegró de mi visita.

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Dejando atrás a una May que temblaba de rabia sin poder articular palabra, Amelia se retiró del lugar con parsimonia. El impacto debió ser fuerte, pues al día siguiente la criada no apareció.

—¿”Nos vemos por la noche”?

Amelia se preguntó qué quería decir con eso. El responsable de esas palabras se limitó a quedarse dormido en cuanto entró a la habitación, sin decir absolutamente nada. Ella tampoco intentó hablarle. El dormitorio estaba sumido en el silencio de siempre.

—¿Por qué tuvo que decir algo tan innecesario para provocar a May?

«¿Lo habría hecho a propósito?»

Tratándose de ese hombre, era muy probable. Seguramente quería que May la odiara aún más.

—De todos modos, qué más da, si pronto me iré de aquí.

Se marcharía de la Gran Casa Ducal sin importar qué. Ese era un hecho inamovible.

—Su alteza, ¿puedo entrar?

—¿Quién es?

—Es Edward, su alteza.

Amelia estaba descansando en su habitación tras desayunar con Leonel cuando Edward llegó. Pensó que tardaría unos días, pero no esperaba que fuera tan rápido.

—Adelante.

—Con su permiso.

Edward era la única persona en la familia Siegfried que la trataba con cortesía. Aunque todos compartían el mismo desprecio por ella, Edward era el único que no lo demostraba.

—Tal como solicitó ayer, he traído una parte del presupuesto de este mes en efectivo.

—¿Una parte?

—Sí. Tráiganlo.

Al principio, Amelia frunció el ceño al escuchar que era solo “una parte”, pero cuando vio entrar al caballero que venía detrás, no pudo evitar abrir la boca de par en par.

Era una montaña de dinero.

El caballero cargaba bolsas de cuero repletas de monedas de oro. De hecho, llamarlas “bolsas” se quedaba corto; eran sacos tan llenos que el oro desbordaba sobre la mesa. Amelia parpadeó incrédula.

—Qué rico…

Raphael Lloyd Siegfried era exageradamente rico. Mucho más de lo que ella había imaginado.

—Se lo entregábamos en cheques por temor a que fuera difícil de gestionar en efectivo, su alteza.

—Ya… ya veo…

Si aquello era solo una parte, ¿cuánto sería el presupuesto total? Amelia se quedó boquiabierta ante el brillo deslumbrante de las monedas de oro.

—Su excelencia aumentó su presupuesto, por lo que a partir de ahora se le entregarán diez mil piezas de oro cada mes.

—¿Diez mil piezas de oro…?

—Con eso podría comprar un pequeño castillo en las provincias —añadió Edward con calma.

«¿Comprar un castillo? ¿Me estaban dando el equivalente a un castillo cada mes?»

—… ¿Y si mejor me quedo aquí? —murmuró para ella por un segundo.

«¿En qué otro lugar podría conseguir semejante fortuna?»

Su sueño siempre había sido ganar dinero sin tener que mover un dedo. Finalmente lo había logrado, ¿y ahora resultaba que debía huir?

—¿Perdón? ¿Dijo algo, su alteza?

—No, nada.

Sin embargo, su vida valía más que el dinero. Por mucho que soñara con ser una holgazana millonaria, no era tan tonta como para arriesgar su existencia.

—¿Cuánto hay en estas monedas ahora mismo?

—Como no sabía cuánto necesitaría, de momento solo traje tres mil piezas de oro.

Si diez mil piezas compraban un castillo, tres mil seguían siendo una suma exorbitante.

«¿Cuánto habría aumentado Raphael el presupuesto?»

 Amelia también se sorprendió de su predecesora, que gastaba tales sumas en lujos banales cada mes.

—Te avisaré si necesito más.

—Entendido. Por favor, pídalo con total confianza cuando guste.

Aunque fingió que el dinero podría no ser suficiente, ella no tenía intención de gastar todo el presupuesto. No podía permitir que Raphael tuviera motivos para reprocharle nada en el futuro. Necesitaría un capital inicial, pero también debía preparar el dinero para devolverle lo invertido una vez que sus propios negocios dieran frutos.

—Entonces, me retiro.

—Gracias, Edward.

El problema era que Amelia no sabía cuánto había derrochado la dueña original del cuerpo hasta ahora. 

«¿Y si el tipo decide pedirme que le devuelva todo?»

Por si acaso, debía generar la mayor cantidad de riqueza posible.

—Tener dinero también es un problema.

La información que ella poseía era sobre eventos que ocurrirían en más de diez años, cuando el tercer príncipe comenzara a moverse. En la actualidad, el protagonista, Aaron, tenía la misma edad que Leonel. Básicamente, ella le estaría arrebatando los planes a un niño.

Por su culpa, era posible que Aaron nunca llegara a ser el príncipe heredero.

—Comparado con lo que sufrió Leonel, esto no es nada.

Ella planeaba recuperar para Leonel todo lo que le fue negado en la historia original. Vacilar por culpa era de tontos. Amelia comenzó a volcar los montones de monedas de oro en el bolso más grande que tenía.

Clinc, clinc.

El flujo interminable de monedas brillaba con intensidad, recordándole a ese hombre, Raphael.

—Le daré un uso muy provechoso a esto —murmuró.

Dicen que se puede odiar a la persona, pero no al dinero. Ella era, después de todo, alguien criada en una sociedad capitalista.

—¿Podrían prepararme para salir?

—¿Salir, su alteza?

—Sí.

Ya tenía el dinero. No había razón para seguir esperando.

—El carruaje ya está listo, ¿verdad?

Amelia acomodó su bolso, ignorando a las criadas que la seguían con desconcierto. Ese bolso era demasiado valioso como para confiárselo a otra persona.

—¡Su, su alteza! ¿A dónde piensa ir?

—Iré a la ciudad.

—Si es por compras, podemos llamar a los mercaderes al castillo.

Parecía que, por más que se lo dijera, no terminaban de entender. Raphael le había dicho que hiciera lo que quisiera, y ella esperaba que él no fuera el tipo de hombre que se retracta de su palabra.

—Yo…

Al ver las caras de angustia de las criadas que la seguían sin atreverse a detenerla, Amelia sintió ganas de tararear. Hacía cuánto que no salía de esas paredes.

—¿Se, señora? —preguntó el cochero.

—Lévame a la ciudad.

—¿Cómo…?

—No se queden ahí pasmados y hagan su trabajo.

Amelia tuvo que subir al carruaje por su cuenta; al parecer, en esta historia no había nadie que le tendiera la mano para ayudarla a subir. Menos mal que no llevaba un vestido pomposo, sino ropa más sencilla.

—Su alteza, permítame ayudarla.

—No es necesario. De todos modos, sé que no quieres ni tocarme.

Aun así, por ser la Gran Duquesa, los caballeros la escoltaron. Cuando un joven caballero, el que parecía más inexperto, se armó de valor para ofrecerle la mano, Amelia simplemente lo rechazó con un gesto. Estaba más que acostumbrada al desprecio de la gente de esta casa; ya hasta le resultaba tedioso.

—¡Su… su alteza! Usted nunca ha salido de forma oficial.

—Así que era verdad —murmuró ella. Sabía que Amelia no salía mucho, pero no imaginó que nunca lo hubiera hecho.

—¿A dónde tiene planeado ir exactamente?

—Tengo que hacer una gran sesión de compras —respondió Amelia con indiferencia ante la reacción nerviosa de la criada que la acompañaba dentro del carruaje.


Créditos:

Raw Hunter: Georgi

Traducción: Taesty

Corrección: Aeri


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