Capítulo 10

¿Acaso no quería verla? ¿Ni siquiera cruzar miradas con ella? Si ese fuera el caso, tampoco habría tomado su mano.

—…

Y, sin embargo, Amelia notó que, mientras ella comía, Leonel la observaba de reojo.
Si de verdad la odiara, ni siquiera la miraría de esa forma. Parecía que quería verla, pero cuando sus miradas estaban a punto de encontrarse, el niño desviaba la vista enseguida. A ojos de cualquiera, habría parecido una situación extraña.

—Leonel.

—Sí… madre.

Incluso al responder, lo hacía con un leve retraso.

Sus miradas se cruzaban en el aire sin llegar a tocarse, lo que hizo que Amelia frunciera el ceño.
¿Tendría acaso algo en la cara?

—¿Tengo algo en el rostro?

—¿Eh?

—Es que no me miras a los ojos en ningún momento.

Como lo sospechaba, debía de ser eso.
Aunque las doncellas la habían ayudado a bañarse y arreglarse, recordaba haberse chocado con Edward más temprano. Quizá algo se le había quedado en la ropa o en el cabello.

—No, no es eso.

¿Entonces por qué?

—…

—Si te cuesta decirlo, no importa. Termina de comer.

Hasta el final de la comida, Leonel no explicó por qué no podía mirarla.
Cuando terminaron, inclinó la cabeza y fue a su habitación apresuradamente, como si huyera.

—Qué difícil es esto… —murmuró Amelia, suspirando.

Había pensado que, por ser un niño, todo sería más sencillo. Pero no, no era algo que pudiera resolverse tan fácilmente. Y aun sabiendo eso, no podía evitar sentirse decepcionada.

—Tiene unos ojos color chocolate tan bonitos… —susurró.

Pero como no podía mirarla, tampoco ella podía contemplar bien esos ojos. Aun así, cada vez que alcanzaba a verlos, aquellos iris cálidos y llenos de vida le parecían encantadores.
Resultaba increíble pensar que, dentro de un año, esa misma mirada se volvería fría y muerta, igual que la de Raphael.

No… eran peor que la de Raphael.
Los ojos de él eran inertes, sin emoción; los de Leonel, en cambio, llegarían a ser ojos sin vida. Vacíos, completamente apagados.

Y aquello sería culpa de Amelia y Raphael.
El cambio de Leonel comenzaría justo después de la muerte de Amelia.

—No puede ser… —murmuró, con el ceño fruncido.

Entonces una idea cruzó su mente.
¿Qué tal si, antes de que ella poseyera este cuerpo, la Amelia original le había dado alguna orden a Leonel?
No sería algo tan extraño.
Después de todo, había sido esa misma Amelia quien ordenó que comiera solo y que las doncellas lo trataran con distancia.

«¿Y si hay una razón por la que no puede mirarme a los ojos…?»

Recordó su primera comida juntos.
La reacción de Leonel había sido de auténtica sorpresa. Y no solo la de él: Raphael y las doncellas también se habían quedado desconcertados.
Si la Amelia original le había prohibido a Leonel mirarla, entonces todo encajaba.

—No, no puede ser que llegara tan lejos… —murmuró, negando con la cabeza.

¿Con qué derecho habría podido decirle algo así a su propio hijo? Sería inhumano.
Pero, tratándose de la Amelia original… no sería imposible.
Ella odiaba los ojos marrones de Leonel. Decía que, si no fuera por ese color, habría sido un auténtico Siegfried.

—Aun así… ¿decirle que no la mirara?

Sin darse cuenta, ya había asumido que aquella prohibición era real.
¿Sería cierto que el poder de los Siegfried residía en sus ojos dorados?

Cuando Leonel despertó su poder, sus ojos cambiaron de color, volviéndose dorados. Y más tarde… llegaría a odiar ese color con toda su alma.

—Nada es fácil… —murmuró, llevándose una mano al rostro.

Quería arreglarlo todo poco a poco, paso a paso, pero la situación estaba tan enredada como un ovillo imposible de deshacer. Si tiraba con fuerza, solo se enmarañaría más. Y no podía permitir que eso ocurriera.

Ella conocía el final de Leonel.
Sabía que, en sus últimos momentos, aún pensaba en Amelia. Deseaba no parecerse a los Siegfried, deseaba tener el cabello plateado y los ojos violetas…

—Su Alteza.

La voz que la sacó de sus pensamientos fue la de May, la jefa de las doncellas. Su mirada, cargada de descontento, hizo que Amelia recordara algo importante: había una razón por la que conocía tan bien a May, a pesar de no ser un personaje relevante en la historia.

—Sería mejor que regresara a su habitación —dijo May con frialdad.

—¿Me estás dando una orden? —replicó Amelia con una sonrisa tensa.

—No, claro que no, Su Alteza… jamás me atrevería.

May era una de las sirvientas más antiguas del linaje Siegfried. Incluso después de la muerte de Raphael, seguía allí, sirviendo como jefa de las doncellas.
Durante todos los acontecimientos posteriores, fue quien permaneció junto a Leonel… solo para hundirlo aún más, culpándolo de todo lo ocurrido.

—¿O acaso esperas que venga el duque?

—…

May era, sin duda, una de las primeras personas de las que debía deshacerse. Por ahora, la mujer le había impuesto a Leonel una orden de no acercarse, pero no sabía cuándo podría levantarla.
Y lo más peligroso era que May obedecía a Raphael, no a Amelia.

—Seguro que al duque le encantará tener una charla íntima con su esposa —dijo ella con una sonrisa cargada de veneno.

—Su Alteza… —replicó May, perdiendo la compostura.

—¿Qué pasa?

Por muy calculadora que fuera, May tenía una debilidad: Raphael.
Cuando se trataba de él, perdía la calma. Amelia lo sabía, y por eso la provocaba. Era evidente que su inestabilidad también se extendía al trato que tenía con Leonel.

—Hoy vinieron personas de la boutique —informó May tras un suspiro contenido—. Por la tarde, vendrán de la joyería.

Amelia frunció el ceño. No había pedido nada.

—Diles que no los necesito.

—¿Perdón?

La Amelia original disfrutaba derrochando dinero.
Su presupuesto personal era más que generoso, y las compras de lujo eran parte de su rutina. Por eso la visita de una boutique no habría sido algo fuera de lo común. Pero Amelia ya no quería vivir así.

—A partir de ahora, nadie entra al castillo sin mi permiso.

Además del despilfarro, la antigua Amelia era una bebedora empedernida. 

Aunque no había empezado así. Alguna vez había sido una joven soñadora, deseosa de tener una familia feliz y de recibir el amor de su esposo.

—Y otra cosa —añadió Amelia—. El aperitivo antes de las comidas, que sea más suave. O mejor aún, que no lo sirvan.

—…

Se había sorprendido al ver que le ofrecían licor desde la mañana. ¿Cuánto habría bebido Amelia para que eso fuera lo habitual?

—Entonces, su habitación…

—Iré ahora.

Prefirió retirarse antes que arriesgarse a encontrarse con Raphael. Había hablado con firmeza, pero en el fondo, también quería evitarlo.

—Tráeme papel y pluma —añadió mientras se levantaba—. También algún libro ligero, algo que pueda leer.

Necesitaba organizar la información que tenía. Anotar cada detalle que recordara para prepararse ante lo que estaba por venir.

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Amelia salió del comedor sin escuchar la respuesta de May. Parte de ello era intencional. Podía sentir la irritación contenida en la mujer, que crecía a cada segundo que no lograba controlarla.

—Ahora… ¿por dónde empiezo? —murmuró al llegar a su habitación.

Como era de esperar, May no subió. Solo unas doncellas entraron para dejarle un manojo de papeles y algunos libros antes de retirarse con prisa.
Claramente, May estaba furiosa. Tal vez creía que cuanto más desprecio mostrara a Amelia, más oportunidades tendría de acercarse a Raphael. O quizás todo era simple y pura envidia.

—Qué tonta… —dijo Amelia con una sonrisa amarga—. Como si Raphael no lo supiera.

Si había alguien que conocía bien a May, ese era Raphael Lloyd Siegfried.
Sabía perfectamente de sus sentimientos, pero la mantenía cerca porque le resultaba útil. Era fácil de manipular.

A decir verdad, no dejaba de sorprenderle que dos mujeres amaran tanto a un hombre como él: May y la Amelia original.
Ambas, atrapadas en un amor sin retorno. Y quizás había más dentro del castillo, mujeres que lo admiraban en silencio.

Pero ninguna conseguiría su corazón.
Desde el principio, Raphael ya tenía a alguien a quien amaba. Y lo peor era que esa persona ya estaba muerta.

—Mmm… —Amelia se llevó una mano a la frente—. ¿Cómo era su primer amor?

Se esforzaba por recordarlo, pero su mente era un vacío. Solo sabía que la había conocido de joven… y que murió ante sus ojos.

Un amor que empezó y terminó en el mismo instante.
Normalmente, los amores de infancia se desvanecen con el tiempo, pero en Raphael habían echado raíces demasiado profundas.

—Qué destino tan cruel… —susurró.

¿Por qué tenía que enamorarse justo de un hombre que ya amaba a otra?
Si al menos esa mujer siguiera viva, habría tenido una posibilidad. Pero no, estaba muerta. Y los vivos jamás pueden competir con los muertos. Los recuerdos siempre se embellecen, y los amores imposibles se vuelven eternos.

Tal vez por eso la Amelia original terminó perdiendo la cordura.

—¿De qué sirve un título vacío como el de Gran Duquesa…?

Necesitaba entenderlo. Solo así podría escapar de él con vida. No era como la Amelia original, que habría preferido quedarse a su lado hasta morir.

Ella tenía otro plan.
Pensaba abandonar la casa Siegfried.


Créditos:

Raw Hunter: Georgi

Traducción: Sach~

Corrección: Taesty


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