Casarse con una mujer que se parece a la que amas… cuando ni siquiera puedes soportar verla porque te recuerda el dolor de haberla perdido. Aquello era, a su manera, una forma de devoción desgarradora. ¿Cuánto debía amar a esa mujer para hacer algo así? Casarse con alguien cuya sola presencia era una herida abierta.
—¿Cómo sabes eso…? —murmuró Raphael, con la voz apenas audible.
—¿Cómo no iba a saberlo? ¿De verdad pensaba que no lo notaría después de todos estos años?
Cada vez que Raphael miraba a Amelia, su primer amor se alzaba ante él como un fantasma. Aunque los recuerdos eran borrosos, el cabello plateado, los ojos color violeta, aquella sonrisa limpia y serena… Todo en Amelia era una réplica inquietante.
Su rostro, antes difuminado en la memoria, se volvía nítido cada vez que la veía. Tal vez, incluso, había terminado superponiendo el rostro de Amelia al de esa mujer perdida.
—Era imposible no notarlo —dijo ella, con una sonrisa triste.
Raphael siempre había creído que Amelia ignoraba la existencia de su primer amor. Nunca se lo había dicho, así que pensaba que era lógico que ella no lo supiera. Pero había pasado algo por alto: Amelia Seraphine lo amaba de verdad. Lo deseaba con desesperación. Y cuando una mujer ama con todo su ser, su intuición rara vez se equivoca.
Raphael despreció su amor. Lo ignoró. Pero nunca comprendió cuán obstinada podía llegar a ser la devoción de una mujer herida.
—Le resulta difícil incluso mirarme a la cara, ¿verdad?
—…
—Lo siento. Por todo lo de antes.
Aunque lo entendía todo, Amelia no había sido capaz de detenerse. O, mejor dicho, no podía hacerlo. El amor no era algo que una persona pudiera abandonar solo porque quisiera. Había llegado incluso a aprovechar los momentos en los que él bajaba la guardia para abrazarlo, fingiendo ser su primer amor. Todo con la esperanza de que algún día él la mirara de verdad.
Y toda esa frustración, toda esa culpa, Amelia la descargó en Leonel.
Le dijo que, si iba a nacer solo a medias, habría sido mejor que lo hiciera con el cabello plateado y los ojos violetas.
Fueron palabras dichas sin pensar… pero que dejaron una herida profunda en el niño.
—Hoy tengo una promesa con Leonel, así que Su Excelencia puede comer con él más tarde, por separado.
El rechazo instintivo que sentía cada vez que veía a Raphael provenía de saberlo todo. Cada vez que lo miraba, sentía un tirón en el pecho, un frío punzante en la sangre, como si su cuerpo gritara que debía alejarse de él cuanto antes.
—Entonces me retiro.
Sin recibir respuesta, Amelia se giró y se marchó, dejando a Raphael en silencio tras ella.
Aún tenía mucho que aclarar con Leonel… pero también con él.
Solo resolviendo todo eso podría, algún día, abandonar aquel lugar.
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—¡Su, Su Alteza…!
—Vamos, rápido.
Desde el día anterior, Amelia había notado lo molestas que resultaban las doncellas que la seguían a todas partes. Decían hacerlo para asistirla, pero ella nunca había estado acostumbrada a recibir servicio de nadie.
—¿Pero tiene sentido que me sigan tantas dentro del castillo? —preguntó con el ceño fruncido.
—¿Perdón?
—Me refiero al número de doncellas. Es demasiado. No salgo del palacio ni tengo tanto que hacer.
De entrada, ya era absurdo que la jefa de doncellas, May, la acompañara personalmente a todas partes. Era evidente que se trataba de una forma de vigilancia. Pero cinco mujeres para atenderla era ridículo. Amelia no tenía una agenda tan ocupada… ni mucho menos.
Y no es que fuera a un baile.
—Es que… Su Alteza misma lo ordenó.
—Ah, claro, fui yo. —Amelia suspiró—. Qué desperdicio.
Aquello no tenía sentido. Que ella misma lo hubiera ordenado era absurdo… pero no podía decirlo sin levantar sospechas.
—Creo que ya es hora de reducir el número.
No era difícil imaginar por qué la antigua Amelia había querido rodearse de tantas sirvientas: así al menos imponía cierta autoridad dentro de la mansión.
—Deja solo al personal indispensable. El resto, que vuelva a sus tareas.
—… Sí, Su Alteza.
Esperaba que se opusieran, pero May aceptó enseguida, lo que la dejó sorprendida. Amelia ya había notado un patrón: solo la detenían cuando estaba por hacer algo que podía empeorar la opinión de Raphael hacia ella. En cambio, cuando trataba de comportarse correctamente, siempre le ponían trabas.
—Joven señor, Su Alteza ha llegado.
—Madre… —Leonel levantó la cabeza de inmediato.
Solo con oír que ella había llegado, el niño corrió a abrir la puerta. No hacía falta mucho para ver cuánto la había estado esperando. Intentaba disimularlo, pero sus mejillas sonrojadas y el leve temblor de sus orejas lo delataban. A su corta edad, ni siquiera sabía cómo expresar correctamente su afecto. Era triste… y tierno a la vez. La familia Siegfried y Amelia lo habían convertido en eso.
—¿Has esperado mucho?
—No, estoy bien.
—Perdón, se me presentó un imprevisto en el camino.
—No fue tanto tiempo.
Amelia sonrió suavemente. Sabía que el niño mentía y había esperado largo rato, paciente y solo.
Era conmovedor verlo fingir madurez, esforzándose por no molestarla. Y porque ahora al menos podía sonreír un poco, no quiso presionarlo más.
—Vamos a comer. ¿Qué te gustaría, Leonel?
—…
Extendió la mano para ir al comedor, pero Leonel solo la miró fijamente, sin moverse.
—¿Leonel?
—…
—Ah… ¿acaso no quieres tomarme de la mano?
Si su madre, que siempre lo había atormentado, de pronto le pedía que la tomara de la mano, a cualquiera le resultaría incómodo. Amelia, sintiéndose torpe, retiró la mano con una sonrisa forzada. Había sido un error suyo. No pensó en lo mucho que podía dolerle a Leonel. Aun así, al mirarlo, solo podía ver lo adorable que era, tanto que el corazón le dolía de ternura.
Incluso dejando todo lo demás de lado, Leonel era, a simple vista, un niño precioso.
—Entonces… ¿vamos?
—…
—¿Leonel?
A pesar de que ella había retirado la mano, el niño seguía quieto, como si se hubiera convertido en piedra. Amelia ladeó la cabeza, desconcertada. ¿Acaso había estado esperando todo ese tiempo solo para rechazar su invitación a comer juntos?
—¿O… es que te resulta incómodo comer conmigo?
Si ese era el caso, no iba a forzarlo. Solo quería acercarse a él, no obligarlo a nada.
—Puedes decirme lo que sea, no importa.
—…
Amelia se inclinó un poco, bajando la vista hasta encontrarse con los ojos del pequeño, que aún no se atrevía a mirarla directamente.
—Leonel…
—… Quiero hacerlo.
—¿Eh?
—Quiero… tomar la mano de mi madre.
No bajaba la cabeza por rechazo, sino por vergüenza. No se atrevía a mirarla ni a tomarle la mano, pero sus palabras, pronunciadas con una voz temblorosa y unos ojos a punto de llorar, hicieron que Amelia extendiera su mano de inmediato.
—…
La dejó quieta, sin tocarlo, por si él se asustaba. Además, pensó que sería mucho más bonito si Leonel era quien la tomaba primero.
—¿Vamos?
—Sí…
Esta vez no dudó. La pequeña mano que se aferró a la suya era tan cálida y frágil que Amelia temió moverse. Por primera vez desde que había llegado allí, sentía el calor de otra persona. En el leve apretón que Leonel le dio, se notaba una tímida pero sincera confianza.
—Ah…
—¿Qué pasa?
—Yo… yo como cualquier cosa. Si a madre le gusta, a mí también me gusta.
Parecía que todavía estaba pensando en lo que ella había dicho antes. Sus palabras, llenas de inocencia, hicieron que Amelia se mordiera el interior de la mejilla para no gritar de ternura. No se daba cuenta de lo encantador que se veía.
—¿Está lista la comida?
—Sí, Su Alteza. Todo está preparado.
Temía que Raphael estuviera en el comedor, pero, para su alivio, no lo estaba. Si después de todo lo que había dicho aparecía allí, habría sido incómodo para todos.
—Tenemos ensalada, filete de salmón, sopa y cordero. ¿Qué desea comer?
El cambio en el trato de las sirvientas era evidente. Incluso le preguntaban qué quería del menú, algo que no había sucedido el día anterior. Amelia fingió no notarlo. ¿Sería porque Leonel estaba a su lado?
—Ensalada y salmón, por favor. ¿Y tú, Leonel?
—Comeré lo mismo que usted.
No esperaba que el niño la imitara, aunque había elegido el salmón porque el cordero le parecía demasiado pesado para la mañana.
—¿Te gusta el pescado?
—Sí… me gusta todo.
No parecía que la odiara, pero aun así evitaba mirarla directamente. Más bien, la estaba esquivando con cuidado.
—Ayer hablé con tu padre sobre tu educación.
—Estoy bien, de verdad.
—No pasa nada si avanzas despacio.
—A mí me gusta estudiar con padre.
¿Por qué tenía que mentir para seguir soportando aquella enseñanza tan estricta? Aunque sonara cruel, Amelia sabía que por más que se esforzara, Leonel no podría despertar su poder. En la historia original, quien lo ayudaba a hacerlo era la protagonista, Sierra. Tal vez por su habilidad como santa… o por el dolor de su primer amor, el motivo no estaba del todo claro.
—De verdad. Estoy bien.
No había duda: Leonel evitaba su mirada a propósito.
Créditos:
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Sach~
Corrección: Taesty
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