¿Una promesa? ¿Qué promesa?
¿Amelia y Raphael habían hecho algún tipo de acuerdo entre ellos? Por más que rebuscaba en su memoria, no encontraba nada. Claro, era natural: el libro no mencionaba en absoluto ningún tipo de relación entre ambos. Amelia era un personaje que moría temprano en la historia, después de todo…
—Por esa cara, parece que he acertado.
La figura de Raphael se alejó tan rápido como se había acercado. Sin pensarlo, Amelia estuvo a punto de extender la mano hacia él… pero se contuvo a tiempo. Cualquier movimiento impulsivo podría ser justo la trampa con la que él intentaba ponerla a prueba.
—Entre Su Alteza y yo existen muchas promesas. No sé exactamente a cuál se refiere.
—…
—Tenía tantas exigencias conmigo, ¿recuerda?
No era del todo mentira. Raphael sí había impuesto muchas prohibiciones a Amelia. Lo único que quería de ella era que se mantuviera en su puesto, callada, como Gran Duquesa decorativa.
—No recuerdo haber pedido tanto a la Gran Duquesa.
—Me refería a todas las cosas que me prohibió.
El leve fruncimiento en su entrecejo le indicó que había elegido bien sus palabras.
—¿Hablas de las reglas conyugales en el dormitorio?
¿Reglas conyugales en el dormitorio? Al escuchar eso, Amelia se quedó completamente paralizada. Era tan absurdo que apenas podía procesarlo. ¿De verdad estaba diciendo que compartían la misma cama? No podía creer que aquello fuera real.
—¿Otra vez vas a fingir que lo olvidaste?
—…
¿Fingir olvidarlo? Ni siquiera podía fingir algo que no sabía. No tenía el más mínimo recuerdo de haber hecho semejante promesa. Por suerte, la verdadera Amelia parecía ser alguien que olvidaba sus palabras con frecuencia.
—Si no lo recuerdas, te lo repetiré.
Sus ojos, fríos y vacíos, no eran los de un hombre mirando a su esposa. Esa mirada helada bastaba para estremecer incluso a alguien que no sentía nada por él. Si un marido la miraba así todos los días, no era de extrañar que Amelia hubiera terminado perdiendo la cabeza.
—Compartir la misma cama es inevitable…
—…
—… Pero será mejor que nunca vuelvas a ponerme una mano encima.
Parecía que los papeles se hubiesen invertido. Aquello era lo que ella debería haberle dicho, no al revés. Su actitud era tan desdeñosa que la dejó sin palabras. Si tanto la detestaba, ¿por qué insistía en dormir en la misma habitación?
Claro que, en el caso de la verdadera Amelia, ya existía un precedente. Pero ella no era esa mujer.
—Eso nunca volverá a ocurrir —dijo firmemente.
Sabía que no le creería. Pero, ¿quién en su sano juicio se atrevería a tocar a Raphael Lloyd Siegfried? Solo Amelia lo había hecho… y si no hubiera tenido el título de Gran Duquesa, ya estaría muerta.
—…
Sin decir una sola palabra, Raphael se dio la vuelta y se acostó de espaldas a ella. Ni siquiera un comentario, ni un gesto. Amelia se quedó mirándolo, incrédula.
«Hasta un pretexto para tomarme la mano sería mejor que este silencio…»
Sin haber hecho absolutamente nada, terminó convertida en una especie de villana sin redención.
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No recordaba ni cómo había logrado dormirse. Su cuerpo había permanecido rígido toda la noche, consciente del hombre que yacía a su lado. Despertó con el cuerpo dolorido, tieso por la tensión. Cuando abrió los ojos, el otro lado de la cama estaba vacío, como si nunca hubiera habido nadie allí.
Recordaba haberse pegado completamente al borde del colchón, intentando no rozarlo ni por accidente. ¿Cómo había terminado, entonces, en el centro de la cama? Bueno, ese era un viejo hábito suyo al dormir.
—No me digas que también hice esto cuando Raphael estaba…
No, imposible. Ni siquiera inconscientemente se habría movido así con él al lado. De haberlo hecho, dormir se habría vuelto una misión suicida.
Amelia se agarró la cintura en cuanto despertó, sintiendo un dolor muscular. Debió de haberse esforzado tanto que le dolía todo el cuerpo.
—¿Por qué seguimos compartiendo habitación si solo nos incomoda?
En un castillo tan enorme, no podía ser que solo hubiera una habitación disponible. Además, no todos los matrimonios nobles dormían juntos. Entonces, ¿por qué ellos sí compartían cama?
¿Tendría que seguir soportando esta convivencia incómoda todas las noches?
—No. Eso no puede continuar.
Si seguía viviendo en el ducado, moriría sin remedio. Tenía un año, un solo año para cambiarlo todo. Solo así podrían sobrevivir ella y Leonel.
Primero, debía hacer lo que estuviera a su alcance. Tiró del cordón de la campanilla. Había prometido desayunar con Leonel; así que seguramente ya la esperaba.
—Su gracia.
—¿Dónde está Leonel?
Las doncellas entraron rápidamente, como si hubieran estado esperando la señal. También May estaba entre ellas. Se ocuparon de prepararle el baño sin darle oportunidad de negarse. Por más que insistió en que podía hacerlo sola, no la escucharon.
Era la primera vez que alguien la atendía de esa manera. Sentía vergüenza, incomodidad, pero las criadas lo hacían con tanta naturalidad que fingir costumbre era su única opción.
—El joven maestro la está esperando, su gracia.
—¿Ha esperado mucho tiempo?
Había planeado lavarse después de comer, pero no había tiempo para eso. Sabiendo que Leonel la estaría esperando, y preocupada de que no llegara, Amelia se apresuró.
—¡Su Alteza, no debería correr así! —la reprendió una de las doncellas.
Pero ¿qué importaba correr o no correr? Leonel la esperaba, y ella no podía detenerse. Estaría pensando todo tipo de cosas.
—Su A… Alte…
—¡Ah…!
Tan concentrada estaba en llegar con Leonel, que no se dio cuenta de que alguien venía frente a ella, hasta que chocó de lleno con esa persona.
—¿Su Alteza?
—¿Edward…?
La persona con la que había chocado no era otra que Edward. Y, por supuesto, junto a él estaba Raphael. Parecía que iban camino al despacho, pues Edward llevaba los brazos llenos de documentos, los cuales se desparramaron por el suelo con el impacto.
—¿Adónde va con tanta prisa?
—Ah… lo siento… lo siento mucho.
Amelia, temiendo que Raphael la reprendiera por su torpeza, se apresuró a recoger los papeles caídos. Por muy apurada que estuviera, debió haber mirado al frente.
—Iba con Leonel… me está esperando… —dijo entre suspiros.
—Ya veo.
—¿No se habrá perdido ningún documento?
Recogió todo lo que alcanzaba a ver, aunque no estaba segura de haberlos juntado todos. Su mente seguía acelerada, y las manos le temblaban.
—No se preocupe, Su Alteza. Si falta algo, yo lo encontraré.
—Entonces…
Amelia se inclinó cortésmente, dispuesta a marcharse, pero Raphael, de pie frente a ella, no se movió.
—¿Vas con Leonel?
—Ah… sí.
Aunque acababa de decirlo, él volvió a preguntar, y no entendía por qué. Amelia solo pudo responder con cierta incomodidad.
—Dijiste que iban a desayunar juntos.
No era una pregunta, sino una afirmación. Ya lo sabía todo, y aun así lo mencionaba. Tal vez incluso aquel encuentro con Edward no había sido una simple coincidencia.
—Iré con ustedes.
—Ah, sí… ¿qué?
Las palabras de Raphael fueron tan inesperadas que Amelia se trabó al hablar. ¿Acababa de decir que quería desayunar con ellos?
—Como dijo la Gran Duquesa, intentaré ser un buen padre.
Hasta ese momento, él nunca había mostrado el menor interés por Leonel. Raphael y Amelia lo habían dejado solo, sin una comida familiar siquiera. ¿Y ahora pretendía que desayunaran los tres juntos? Amelia casi podía imaginar el desastre que sería. Incluso con ella sola, Leonel se sentiría abrumado, pero si Raphael estaba allí, el buen humor se acabaría para siempre.
—¿Gran Duquesa?
—…
Aunque quería preguntarle desde cuándo le interesaba ser un buen padre, no podía hacerlo. Ella misma, como Amelia, no tenía derecho a reprochárselo.
—El esfuerzo de uno solo no basta. Deberíamos hacerlo juntos, ¿no crees?
Y lo peor era que no podía contradecirlo: no había ni una palabra equivocada en lo que decía. Si se negaba ahora, estaría contradiciendo sus propias palabras de antes.
—No esperaba que Su Excelencia se preocupara tanto. Se lo agradezco.
—Será mejor que pasemos más tiempo los tres. Es importante para la educación de Leonel.
—Pero… ¿está seguro de que eso le resultará cómodo?
Si él quería usar a Leonel como excusa, ella también tenía su propia carta bajo la manga. Algo que Raphael no podría refutar.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a comer conmigo.
No quería mencionar aquello, pero no tenía más opción. Raphael evitaba verla, y Amelia lo sabía. Más que rechazo, era algo que le dolía profundamente.
—Le resulta difícil, ¿verdad? Ver mi rostro.
—…
—Porque me parezco a ella.
La mujer a quien él amaba que ya estaba muerta.
Créditos:
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Sach~
Corrección: Taesty
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