Capítulo 14

Le había prometido a Leonel que jamás lo abandonaría y que no se iría sola, pero no parecía creerle. Incluso para ella, era difícil decir que Amelia fuera, ni por asomo, una buena tutora. Solo pudo quedarse tranquila tras ver a Leonel asentir con la cabeza a regañadientes.

—Es normal que no confíe.

A diferencia de su firme promesa, lo que planeaba era casi imposible. Si ya era difícil salir de la Gran Casa Ducal por su cuenta, llevarse a Leonel era una odisea. Sería una suerte si no terminaba expulsada con lo puesto. Amelia era una persona débil, sin dinero ni poder.

En esta sociedad aristocrática, el poder no es algo que se obtenga con esfuerzo; era un sistema de castas puro y duro. El poder se decidía desde el nacimiento. Por lo tanto, lo único que podía obtener después de nacer era dinero…

—Pero ¿cómo voy a ganar dinero yo?

Originalmente, el dinero solo lo gana quien ya lo tiene. No por nada dicen que el dinero llama al dinero. Para emprender o invertir, se necesita un capital inicial; alguien como ella, que no tenía ni un centavo propio, no podía hacer nada.

«¿Debería ir a ver a Edward y preguntarle cuánto patrimonio personal tengo?»

—No, no…

Aunque tuviera propiedades, se las confiscarían al divorciarse de Raphael. Al fin y al cabo, todo lo que tenía surgió a raíz de su matrimonio con él.

Ese hombre no es de los que dan una pensión alimenticia o compensación.

—Más bien, sería una suerte si no es él quien me quita todo.

Tras investigar varias cosas estas semanas, se dio cuenta de algo. En el Imperio Khalid, si una mujer realizaba actividades económicas, se le garantizaba una posición social. Si no, tenía que nacer en una “cuchara de oro” con una herencia masiva. Pero Amelia era hija de un humilde vizconde. La segunda opción quedaba descartada antes de empezar.

—¿Qué puedo hacer ahora mismo…?

Antes de transmigrar aquí, no era más que una oficinista común. No tenía un talento empresarial brillante ni sabía de antemano qué negocios tendrían éxito.

«Espera un momento…»

—¡Si yo lo sé todo!

Sabía perfectamente cómo Aaron, el protagonista que no tenía ni origen noble destacado ni influencias, pasaba de ser el tercer príncipe a convertirse en el príncipe heredero. Normalmente, Aaron nunca habría llegado al trono porque el primer príncipe, Patrick, era demasiado perfecto. Patrick era el hijo de la emperatriz y contaba con el apoyo de muchas familias nobles.

Incluso sin contar a Patrick, Aaron tampoco podía vencer al segundo príncipe, Logan. Sin embargo, sabía exactamente qué métodos usó Aaron para conseguir dinero y poder.

Aaron era hábil en las intrigas, pero también era un empresario brillante bendecido por la suerte.

—¿Su alteza?

—¡A… adónde va!

—Quiero ver a Edward.

Las criadas pusieron caras de pánico al verla salir de la habitación tras semanas sin moverse de la biblioteca. Parecía que su orden de reducir el personal no fue en vano; solo había dos criadas custodiando la puerta. Incluso May, que siempre intentaba vigilarla de cerca, no estaba por ningún lado.

—¿Perdón?

—Si busca al señor Edward…

—Estará en el despacho del Gran Duque.

Edward Aydin era el ayudante de Raphael, pero también el encargado de gestionar toda la casa Siegfried. Administrar una Gran Casa Ducal no debía ser poca cosa, pero él era un perfeccionista que se encargaba de todo personalmente sin contratar a un mayordomo aparte.

—¡Su… su alteza…!

Por la experiencia pasada, parecían saber que no debían provocarla cuando se le ocurría algo. No sabían cuántas locuras tuvo que hacer para llegar hasta aquí. Aun así, no fue tan difícil como pensaba. Una empresa es un lugar con todo tipo de fauna humana, y antes de transmigrar, se cruzó con más de un loco.

—Una visita repentina… no será del agrado del Gran Duque.

—Lo sé.

Pero no iba a buscar a Raphael. Si detestaba verlo por las noches, ¿por qué iría a buscarlo por voluntad propia? Con quien tenía asuntos pendientes era con Edward, no con él.

—Primero debo informar a la jefa de criadas…

—¿Acaso tengo que informarle a May cada vez que voy a buscar a Edward?

—Es que ella nos ordenó que avisáramos de inmediato si su alteza iba a cualquier parte…

La reacción de las criadas había cambiado desde que llegó. Antes la ignoraban y la miraban directamente a los ojos; ahora, se desvivían por evitar su mirada. Que la señora de la casa deba informar a la jefa de criadas para ver a un empleado… Además, por lo que decía la criada, estaba claro que la tenían bajo vigilancia total.

—¿Cómo me llamaste hace un momento?

—Su alteza.

—Exacto. Entonces, yo, la Gran Duquesa, ¿tengo que informar de mis movimientos a una criada?

—Eso es…

No valía la pena seguir escuchando. La jerarquía de poder en la casa Siegfried ya estaba consolidada. Su posición actual era tal que ni siquiera podía dar órdenes a las criadas a su antojo.

—Esto no puede ser…

Sin importarme si la seguían o no, se dirigió al despacho. Como dicen, hay que golpear el hierro mientras está caliente; cuanto antes se moviera, mejor. Antes de que alguien más se le adelantara.

—¡Su, su alteza! ¡Por favor, deténgase…!

—No importa. No vine a ver al Gran Duque.

Por la cara de espanto de las criadas que intentaban detenerla, podía notar cuánto le disgustaba a Raphael su presencia.

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Toc, toc.

Con solo llamar a la puerta, sintió que el ambiente en el interior cambió. Como si se enfrentaran a un visitante no deseado.

—Dile a Edward que vine a verlo.

«Ni que a mí me hiciera mucha gracia venir hasta aquí. Por si “alguien” llegaba a malinterpretar mis intenciones…»

—Vine por el presupuesto.

Se quedó esperando frente a la puerta con los brazos cruzados, con una actitud de “¿a ver si te atreves a no abrirme ahora?”. Con el buen oído que tiene Raphael, seguro que la escuchó.

—¿Su alteza?

Edward salió apurado con las gafas chuecas. Y su expresión… Amelia le dedicó una sonrisa radiante ante su rostro lleno de dudas.

—¿A qué se debe que me busque…?

—Quiero cancelar eso de que no voy a gastar dinero.

—¿Perdón? ¿Qué quiere decir con…?

Para ella, el dinero era la clave. Y necesitaba mucho.

—Digo que voy a usar mi presupuesto personal.

—Ah, ya veo…

Al ver cómo el rostro de Edward se tensaba de inmediato, pudo imaginar lo que estaba pensando. La Amelia original siempre lo buscaba para pedirle más dinero. Se notaba que pensaba que esta vez sería igual.

Bueno, no era exactamente por eso, pero no sintió la necesidad de corregirlo.

—Quiero saber cuál es el presupuesto personal que puedo usar cada mes. Y, ¿el dinero que no se gasta se acumula para el siguiente mes?

—Si así lo desea, todo es posible.

—Mmm… Entonces, ¿podrías prepararlo para que pueda empezar a gastar mañana mismo?

Amelia se esforzó por parecer la Gran Duquesa caprichosa de siempre. Sería un problema si descubrieran lo que planeaba hacer.

—Puede comprar lo que desee y emitir cheques a nombre de la Gran Casa Ducal.

Parecía creer que quería ir de compras. Si fuera por eso, no habría venido a ver a Edward. Si necesitara objetos, habría llamado a los mercaderes al castillo como siempre.

—Necesito efectivo.

—¿Cómo?

Gastar dinero inútilmente en alcohol, vestidos y joyas no servía de nada. Si llegaba a dejar la casa Siegfried, no podría llevárselos. Además, su armario y joyero ya rebosaban de artículos de lujo. Tenía tanta ropa que no terminaría de ponérsela, aunque se cambiara cada hora.

—¿Para qué el efectivo…?

—Prepara el efectivo necesario para que pueda usarlo mañana mismo.

Hasta ahora, Amelia apenas salía. Ni siquiera paseaba bien por el jardín del castillo, mucho menos habría salido fuera. La gente de Siegfried parecía darle libertad para hacer lo que quisiera, pero en realidad no era así.

El despilfarro de Amelia siempre terminaba ocurriendo dentro de los muros del castillo.

«¿Habría sido feliz gastando tanto dinero? Por más vestidos y joyas que comprara, no había nadie que la mirara».

—Su alteza, si me dice qué es lo que quiere comprar…

—No quiero comprar nada.

—¿Eh?

Lo que ella tenía que comprar ya estaba decidido. No eran lujos inútiles, sino algo que se convirtiera en dinero real.

—¿Acaso el presupuesto personal no es dinero que puedo usar como yo quiera?

—No… digo, sí, así es.

—A partir de ahora, quiero recibirlo todo en efectivo.

El efectivo era lo mejor. No deja rastro y es perfecto para ahorrar a escondidas.

—Haz lo que la Gran Duquesa desee.

—Excelencia.

Ante la prolongada discusión entre ella y Edward, Raphael apareció perdiendo la paciencia. Si había alguien a quien no quería ver, era a este hombre. Verlo de día era algo para lo que aún no tenía defensas. Si el Raphael de noche era peligroso en otro sentido, el Raphael bajo la luz clara era especialmente deslumbrante, ya que su atractivo rostro se apreciaba mucho mejor.

—Hacía tiempo que la Gran Duquesa no venía a buscarme. Podrías haberme dicho esto por la noche.

Sarcasmo puro; se estaba preguntando qué rayos hacía en su despacho.

—Parece que el asunto está resuelto. Entonces, me retiro.

A propósito, Amelia habló mirando fijamente a Edward, sin dedicarle ni una mirada a Raphael.

«No vine a verte a ti, ¿sabes?»

Créditos

Raw Hunter: Georgi

Traducción: Taesty

Corrección: Aeri

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