—…
En cuanto escuchó las palabras de Leonel, debió haberle preguntado quién le había dicho semejante cosa, pero estaba tan desconcertada que no pudo responder nada. Ya no estaba en una etapa en la que él le creería, aunque lo negara. Leonel había llegado a sus propias conclusiones.
—… Entonces, ¿es verdad?
—Leonel.
Como aún era un niño y no podía controlar sus emociones, sus ojos marrones estaban llenos de lágrimas. Extendió su mano hacia él conmovida, pero de inmediato la esquivó y retrocedió.
«Esto era igual que antes».
Pensó que había mejorado un poco al verse las caras continuamente, pero…
—Leonel.
No sabía por dónde empezar. No esperaba perder de un solo golpe la confianza que tanto le había costado ganar con él. No importa lo que dijera, Leonel no le creería. Al ser un niño excepcionalmente brillante, se daría cuenta enseguida si intentaba inventar una mentira.
—¿Por qué piensas eso?
—…
Lo sabía desde hace tiempo, pero Leonel tenía pavor a ser odiado. Por eso se había acostumbrado a aguantarlo todo. Incluso ahora, mantenía la boca cerrada por miedo a que ella llegara a despreciarlo.
—Leonel, está bien, dímelo.
Amelia desistió de ir al comedor y se puso en cuclillas frente a él. De todos modos, con este ánimo, ni siquiera sabría si la comida le entraba por la boca o por la nariz. Estaba segura de no haber hecho preguntas que la delataran, así que le sorprendía lo rápido que él se había dado cuenta.
—Yo nunca dije que me iría de Siegfried.
—Madre… usted me preguntó sobre la cultura de los nobles.
Leonel era el sucesor de la familia Siegfried. Naturalmente, había recibido mucha educación, y eso incluía el protocolo entre los nobles. Después de todo, tarde o temprano tendría que comenzar sus actividades sociales.
—¿Esa es la razón por la que piensas que voy a dejar Siegfried?
—Todas las damas por las que preguntó eran viudas o mujeres que habían sido expulsadas de sus familias por no poder tener hijos, ¿verdad?
Parece que se dio cuenta enseguida, a pesar de que mezcló esas preguntas con otras para disimular. Y no solo había preguntado por esas mujeres; también había hecho preguntas sobre la familia imperial y el imperio, fingiendo tener mucha curiosidad.
—Y además…
Solo con sus preguntas era difícil descubrir el plan. Cualquiera que conociera bien a Amelia sabría que ella jamás dejaría el lado de Raphael.
—Sobre todo, últimamente usted no se ve con mi padre para nada.
—Compartimos la misma habitación todas las noches, ¿cómo que no nos vemos?
—¿No es… porque no tiene más remedio?
Al ver esos ojos llenos de lágrimas que la miraban fijamente, no pudo obligarse a mentirle. Amelia prefirió cambiar de tema.
—Es solo que el gran duque está muy ocupado y no tiene tiempo para vernos.
Si fuera la Amelia original, habría hecho hasta lo imposible por ver a Raphael, pero últimamente ella solo se la pasaba encerrada en la biblioteca. Poco a poco se había acostumbrado a esta extraña convivencia. Por la noche se veían las caras, pero no intercambiaban palabra. Dormía en el borde de la cama por miedo a que sus cuerpos llegaran a rozarse.
—Yo estoy bien.
—Parece que hubo un malentendido…
—Me gusta más así, porque ahora madre ya no está triste.
Lo habitual para Amelia era estar ebria y sollozando a diario. Y siempre le mostraba ese espectáculo a Leonel. Eso no podía considerarse un simple berrinche de borracha; no era más que una forma de violencia doméstica.
—¿Por qué me dices esto ahora?
—…
—¿Acaso quieres que te lleve conmigo?
Si al menos hiciera un berrinche, ella podría ceder. Pero le molestaba extrañamente la actitud de Leonel de rendirse sin siquiera intentarlo. Al tocar sus ojos, que parecían a punto de desbordarse, una lágrima resbaló por su dedo. Se había convertido en un niño que ni siquiera podía llorar en voz alta.
En realidad, estaba molesta porque Leonel le daba mucha lástima.
—De ahora en adelante, no me llames “madre”.
No es que ella no hubiera pensado en cómo divorciarse sola. Aunque era despreciado por ser “a medias”, Leonel era el sucesor de la familia Siegfried. La dificultad de salir sola de Siegfried era muy distinta a la de salir con Leonel. Obviamente, elegir el camino más difícil teniendo uno fácil sería de tontos.
Aun así, la razón por la que quería llevarse al niño era porque no podía ignorarlo. No podía dejarlo solo en ese futuro terrible.
—… Entonces, ¿debo llamarla “su Alteza la Gran Duquesa” a partir de ahora?
Amelia soltó una pequeña risa ante los ojos y mejillas llenos de rastros de lágrimas, y negó con la cabeza. ¿Cómo iba a pedirle a su propio hijo que la llamara de forma tan solemne?
—No, lo que quería decir es que ya no me llames “madre”, sino “mamá”.
—¿Ma… má?
Según sus recuerdos, Leonel nunca había llamado a Raphael o a Amelia “mamá” o “papá”. Siempre usaba los términos formales “madre” y “padre”. E incluso más adelante en el libro, llamaba a Raphael “su excelencia el Gran Duque”.
—La palabra “madre” suena demasiado fría, ¿no crees?
Le pareció tierno verlo llorar con los ojos muy abiertos por la sorpresa, y se le escapó una sonrisa. Ahora que lo pensaba, siempre había querido pellizcar esas mejillas suaves.
—¡Ah…!
—Son tan blanditas.
—Ma, madre… ya basta.
—No te soltaré hasta que me digas “mamá”.
Parecía no darse cuenta de que su reacción de desconcierto y llanto solo despertaba más sus ganas de bromear.
—Vamos, dilo de una vez.
—Ma… mamá.
Definitivamente, un niño era un niño. Amelia sonrió radiante al ver cómo él intentaba ocultar su inmensa alegría. Sus mejillas teñidas de color durazno y sus ojos aún húmedos eran simplemente adorables.
Ella conocía el futuro de Leonel. Sabiendo la tragedia que le esperaba, le era imposible dejarlo solo.
დ დ დ
—…
Bajo un gran ventanal por el que entraba la luz a raudales, estaba sentado un hombre al que el sol parecía sentarle mejor que a nadie. Su cabello rubio era tan deslumbrante que incluso la intensa luz solar perdía su brillo a su lado.
Sin embargo, su aura no era para nada cálida o relajada. Al contrario, el ambiente estaba cargado de una tensión tan tirante como una cuerda a punto de romperse. Sus ojos dorados y afilados estaban contraídos como los de un depredador, como si estuviera analizando algo.
—Continúa el informe.
—Sí, dicen que su alteza la Gran Duquesa también está hoy en la biblioteca.
Ante las palabras de Edward, Raphael frunció el ceño por un instante. Su dedo índice golpeaba rítmicamente el escritorio, desprendiendo el aburrimiento propio de quien lo posee todo.
—La biblioteca… ¿Cuántos días lleva la gran duquesa sin salir de allí?
—Con hoy se cumplen dos semanas. Solo sale para comer con el joven amo, de resto permanece recluida en la biblioteca.
«¿Qué trama esta vez?»
Raphael se sentía irritado por el comportamiento inusual de Amelia en los últimos días.
—¿Se aumentó el presupuesto?
—Sí, tal como usted ordenó la última vez, ya se ajustó todo.
No había problemas. Ella ya no venía a verlo para armar escándalos, y su insistencia innecesaria por pegarse a él había desaparecido. Sin embargo, ella no le agradaba en lo más mínimo. Excepto por su parecido con Evelyn, no había nada en esa mujer que le gustara. Una esposa que tomó por impulso; naturalmente, el resultado no podía ser bueno.
—Su alteza no ha venido a buscarme ni una vez en estas dos semanas.
—¿Ella?
—No ha probado ni una gota de alcohol. Y, por supuesto, tampoco ha gastado dinero.
Le molestaba pensar en qué nueva estrategia estaría usando para sacarlo de quicio. Él mismo no entendía por qué llevaba años dejándose afectar por una mujer así. Si algo le estorbaba, simplemente debía eliminarlo. Siempre lo había hecho así, sin dudar ni un segundo.
«¿Será porque se parece a Evelyn?»
—¿Qué desea que haga?
—Déjala.
De todos modos, era una mujer de la que se desharía pronto. Sería mejor dejarla tranquila en lugar de buscar problemas innecesariamente. Pronto Leonel tendría la edad suficiente para no tener problemas al alejarse del regazo de su madre.
—Investiga qué libros está leyendo en la biblioteca.
—Entendido.
Amelia Seraphine… esa mujer siempre se tomaba la libertad de llamarlo Raphael. Pero, ¿desde cuándo había sido? De un momento a otro, dejó de llamarlo por su nombre y empezó a decirle “su alteza el Gran Duque”. Y no solo eso. A pesar de su orden de que no se apareciera ante sus ojos, ella solía buscar cualquier excusa para llamarlo. Sin embargo, ahora se esforzaba por evitarlo en lugar de buscarlo.
—¿Puede una persona cambiar de la noche a la mañana?
Era extraño. Ella no era el tipo de mujer que se quedaría quieta de esa manera. Una mujer que no podía dormir sin alcohol ahora despertaba cada mañana con el rostro fresco. Y todo rastro de ese deseo ansioso por tocarlo con ojos llenos de anhelo había desaparecido.
—¿Perdón? Si se refiere a su alteza…
—Habrá que averiguar qué clase de actuación está montando esta vez.
Por la reacción dubitativa de Edward, Raphael supo que sus propias palabras sonaban descabelladas. Tratándose de Amelia Seraphine, era imposible que esa mujer cambiara.
Créditos:
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Taesty
Corrección: Aeri
Deja un comentario