A una loca no se le toca sin cuidado. Desde tiempos inmemoriales, lo mejor con los desequilibrados era hacerse de la vista gorda y fingir que no pasaba nada; después de todo, si un loco te muerde, las cosas se ponen feas.
A medida que sus locuras se repetían, incluso May, que antes saltaba ante cualquier inconveniente, empezó a dejar pasar las cosas en silencio.
—Hmm.
Ver aquellas caras de desconcierto fue tan satisfactorio que casi suelta un grito de alegría como si de verdad estuviera loca. Por suerte, recuperó la compostura y pudo disimular, pero fue un momento realmente arriesgado. Aunque estaban acostumbrados a que Amelia fuera grosera y violenta, era la primera vez que la veían cometer locuras sin sentido.
—¿No es esto mucho mejor de lo que esperaba?
No podía dejar de tararear. A decir verdad, para alguien en su sano juicio, no era nada fácil actuar como una demente. Ella era una persona sumamente normal y, en circunstancias comunes, arruinar su propia ropa era algo impensable.
Pero, ¿cuál era el resultado ahora? Solo por destrozar un vestido, había obtenido una libertad breve pero dulce.
—Ciertamente es muy grande para ser solo un “estudio”.
Ante su orden de ser llevada al estudio, las criadas se movieron con rapidez y la guiaron hasta allí sin cuestionar absolutamente nada.
—Dijeron que todos los libros de la familia Siegfried estaban aquí, ¿verdad?
En realidad, aunque pidió que la llevaran, no tenía expectativas tan altas. La familia Siegfried no era conocida por dedicarse a la academia; ellos siempre se habían apoyado en el poder innato de su linaje. Por eso, pensó que no habría muchos libros, pero…
—Incluso dijeron que había un bibliotecario encargado…
Al principio, cuando mencionaron que había un bibliotecario, no entendió a qué se referían. Debió suponerlo desde que llamaron “biblioteca” a lo que ella consideraba un simple estudio. Definitivamente, llamar a este lugar un estudio era una falta de respeto. Amelia abrió ligeramente la boca ante el espacio en forma de cúpula, rodeado de libros desde el suelo hasta el techo.
Eran tantos que parecía imposible saber qué había exactamente. Sin embargo, a diferencia de sus preocupaciones, todos los libros estaban impecablemente cuidados. Incluso en los lugares más altos donde el polvo suele acumularse, todo estaba limpio.
—Código civil, código civil…
Con tantos libros, debía haber al menos un código civil. En su posición actual, no podía simplemente exigir uno. Sería ideal poder usar al bibliotecario, pero si le pedía que le trajera ciertos libros, el informe llegaría de inmediato a Raphael.
Fue una suerte que las criadas no entraran con ella. Al menos le servía de consuelo que a ella siempre le habían gustado las bibliotecas. Antes de la transmigración, aunque le faltaba tiempo por el trabajo, solía visitar la biblioteca cercana con frecuencia. Le gustaba sentarse en silencio entre la gente y el olor a papel que le rozaba la nariz le daba paz mental.
—Si entiendo el sistema de organización, lo encontraré rápido.
De hecho, cuanto más grande es la biblioteca, más sistemática es la organización bajo ciertas reglas. Normalmente se clasifican por categorías y luego por orden alfabético…
—¡Aquí está!
Contrario a lo que esperaba, en la casa Siegfried había muchísimos libros de leyes. Lo que necesitaba saber eran el sistema y la cultura de este país. No solo por el divorcio, sino porque tendría que vivir sola. Tenía que saber qué pasaba con las mujeres divorciadas.
«Leyes de divorcio, leyes de divorcio…»
El código civil, innecesariamente grueso, contenía muchísimas normas.
«¿De verdad aplicaban todo esto?»
El Imperio Khalid era una nación gobernada por el Emperador. Tanto las leyes como las sentencias eran decididas por él.
—… ¿Qué es esto?
A diferencia de otras leyes, los decretos relacionados con el divorcio eran extremadamente breves. No ocupaban ni una página; de hecho, ni media.
“Solo se permitirá el divorcio cuando se considere que la confianza entre los cónyuges se ha roto de forma irreparable.”
“Solo se permitirá el divorcio cuando una de las partes presente una causa imputable que haga imposible mantener el matrimonio.”
Eran leyes que, mientras más leía, más la hacían dudar de lo que veía. Mientras que otros delitos como estafa, robo o asesinato estaban detallados minuciosamente, el divorcio era sospechosamente ambiguo.
—Incluso en caso de fallecimiento del cónyuge, si se considera necesario mantener el vínculo matrimonial, el divorcio no será permitido.
«¿Pero qué clase de estupidez es esta?»
Había otros decretos, pero la conclusión era una sola: en el Imperio Khalid, el divorcio era casi inexistente. Una vez que te casabas, no había devoluciones.
«¿Era por eso que Raphael no había podido echar a Amelia?»
—No… Raphael tiene dinero y poder, no es posible que para él sea imposible divorciarse.
En comparación, Amelia…
—No tiene dinero. No tiene poder.
Además, su matrimonio había sido una unión desigual, lo que la convertía en el patito feo a ojos de la nobleza. Es decir, aunque Amelia lo deseara, obtener el divorcio sería sumamente difícil.
—Esto es ridículo. En Corea era mucho más fácil divorciarse.
Existía el divorcio por mutuo acuerdo y, si no, se podía ir a juicio a través de un abogado.
«¿No bastaba con un periodo de reflexión de cuatro semanas y ya?»
—¿Significa que tengo que esperar a que Raphael sea el que quiera deshacerse de mí…?
No, eso no servía. No sabía cuánto tiempo le quedaba, así que no podía quedarse de brazos cruzados. Si el divorcio no era una opción, tendría que escapar para sobrevivir.
«Me voy a volver loca».
Buscó en otras leyes por si había algo que pudiera ayudarla, pero no encontró nada útil.
—Estoy acabada…
Mientras miraba atónita hacia el techo en forma de cúpula, la intensa luz del sol cayó sobre ella.
«La mujer del sol, la mujer del sol…»
No debió haber leído ese libro desde el principio.
—¿Cómo era la vida de una mujer que no fuera noble?
Incluso Sierra, la protagonista que era adorada como una Santa, fue rechazada al principio por no ser noble. Por eso, con la ayuda del tercer príncipe, entró como hija adoptiva en la casa del conde Blanchet.
—Entonces… sí me divorcio, ¿volvería a ser simplemente la hija del vizconde Seraphine?
«¿Acaso el vizconde recibiría de vuelta a una hija divorciada?»
—No solo necesito saber las leyes de divorcio, también tengo que entender la cultura de este país.
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Si pedía lecciones, Raphael se enteraría inevitablemente, así que la única opción era ser autodidacta. Desde ese día, Amelia se encerró en la biblioteca para estudiar con fervor, excepto a las horas de comer.
Después de terminar sus comidas con Leonel, no salía de la biblioteca por el resto del día. A veces, bajo la excusa de tener un tiempo de lectura con el niño, le hacía varias preguntas. En la casa Siegfried, la única persona que podía evadir la vigilancia de Raphael era Leonel.
Las criadas parecían haberse acostumbrado a sus reacciones erráticas de “loca”, ya que no intentaban molestarla más. Quizás también era porque se quedaba tranquila y encerrada estudiando.
—Madre.
—Ah, ¿viniste, Leonel?
Sentía que ni siquiera en su época de estudiante había estudiado con tanta intensidad. Últimamente devoraba cualquier tipo de libro, al punto de no salir si nadie la interrumpía.
—Es hora de la cena.
—Vaya, ¿ya es hora?
Amelia se concentraba tanto que perdería la noción del tiempo si Leonel no fuera a buscarla puntualmente. Al principio, el niño se mostraba dubitativo al acercarse, pero ahora lo hacía con total naturalidad.
—No debe saltarse las comidas.
—Claro, claro.
Al ver a Leonel hablando con sus pequeños puños cerrados, el rostro de Amelia se suavizó en una sonrisa tonta. Leonel se volvía cada vez más tierno y le resultaba imposible no adorarlo, aun sabiendo que él debía estar desconcertado por el cambio repentino de actitud de su madre.
—Últimamente estudia mucho la historia del imperio.
—Es que no hay mucho más que pueda hacer en este castillo.
—…
—Bueno, ¿vamos a comer?
Amelia sintió la mirada silenciosa de Leonel sobre ella, pero fingió no darse cuenta. Leonel era un niño brillante; mientras la ayudaba con sus estudios, seguramente ya había empezado a sospechar por qué ella investigaba esas cosas.
—¿Leonel?
A pesar de su invitación para ir al comedor, Leonel se quedó quieto en su lugar sin moverse. Mantenía los labios apretados y la mirada fija en el suelo.
—¿Acaso piensa… hacer su debut en la sociedad?
—¿Mi debut en la sociedad?
Como lo que ella investigaba era sobre la sociedad noble, era lógico que él pensara eso. Pero en estas áridas tierras del norte, ¿qué clase de debut podría hacer? Eso solo sería posible yendo a la capital. Debido a que él era un Gran Duque, recibía suministros de la capital sin escatimar, pero no podía traer a los nobles hasta aquí. Por supuesto, podía quedarse en la villa de la capital o usar portales de teletransporte para viajar entre la capital y el territorio Siegfried.
—Solo estoy informándome porque siento que he descuidado mis deberes como Gran Duquesa.
Cuanto más aprendía sobre la sociedad noble, más se daba cuenta: era un lugar implacable y gélido para una mujer divorciada. Además, volver a ser la hija de un vizconde de bajo rango no le daría ninguna ventaja.
—…
—Leonel, ¿por qué pones esa cara?
Ante la reacción del niño, que seguía frunciendo el ceño como si algo no le cuadrara a pesar de su respuesta, Amelia se agachó para quedar a la altura de sus ojos.
—Madre… usted va a dejar Siegfried, ¿verdad?
Créditos
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Taesty
Corrección: Aeri
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