—¿Qué quiere decir con eso?
—Tú no eres Amelia Seraphine.
El instinto de una bestia no puede engañarse. Sabía que tarde o temprano alguien sospecharía, pero no esperaba que ocurriera tan pronto. Era impresionante que Raphael se hubiera dado cuenta del cambio en ella en tan solo un día.
—Por supuesto que no. Soy Amelia Siegfried.
Aun con su respuesta, él no dijo nada. Sabía que un simple juego de palabras no serviría, pero Raphael tampoco tenía pruebas, solo sospechas. En otras palabras, mientras ella negara todo, él no podía hacer nada.
«Si digo que no lo soy, ¿qué podría hacer él al respecto?»
No había ninguna evidencia que demostrara que ella no era Amelia. Nadie en su sano juicio imaginaría que las almas podían intercambiarse.
—¿Amelia Siegfried?
—Claro. Ya hace varios años que soy una Siegfried.
Después de todo, había tenido a Leonel apenas un año después de casarse, lo que significaba que habían pasado unos siete años. Sin embargo, algo entre Amelia y Raphael no encajaba con la imagen de un matrimonio de larga data. Parecían no conocerse bien, y no existía entre ellos ni rastro de afecto.
Por lo general, incluso entre las parejas que no se llevan bien, hay una cierta familiaridad que viene con los años. Como dicen, el rencor también es un tipo de cariño. Pero entre ellos no había nada de eso; más bien se sentían como dos extraños.
En pocas palabras, parecían completos desconocidos. Hasta alguien que conocieras por primera vez en la calle resultaría más cercano.
—Cierto… No era Seraphine, sino Siegfried.
Había cosas que uno podía olvidar, pero eso no. Hacía años que Amelia llevaba el apellido Siegfried, y aun así él seguía llamándola Seraphine. No era de extrañar que la verdadera Amelia se hubiera vuelto loca. Ninguna persona normal soportaría un marido tan frío y distante. Especialmente una mujer como Amelia, que lo idealizaba.
—Me duele que aún me llame Seraphine, alteza.
Su tono fue deliberadamente coqueto. Se esforzó en imitar la forma en que la verdadera Amelia le hablaba a Raphael. Amelia habría hecho cualquier cosa por ganarse su amor. Cualquier cosa. Incluso, tal vez, haber intentado tomarlo por la fuerza. Ella jamás lo habría hecho. A menos que tuviera diez vidas, sería un suicidio.
—Pero… ¿podría apartarse un poco, por favor?
El cuerpo enorme de Raphael, que todavía la mantenía atrapada entre sus brazos, la agobiaba. Ni siquiera un oso era tan grande. ¿Cómo podía tener un cuerpo tan firme y sólido?
—Si vamos a seguir así, no tengo problema alguno.
—…
Si fuera la verdadera Amelia, ni siquiera habría pedido que se apartara. Pero esa era su diferencia. Creyó que él se retiraría de inmediato, pero Raphael no se movió ni un centímetro.
—¿Su Alteza…?
¿No había sonado lo bastante como Amelia? Aunque intentaba imitar su tono al máximo, el semblante de Raphael no se suavizaba. Sus ojos seguían cargados de sospecha, y el sudor frío comenzó a recorrerle la espalda. ¿Era siempre tan desconfiado este hombre?
Temía que la presión acabara haciéndola confesarlo todo. Al menos, pensó, no la estaba torturando. Sabía bien lo que hacía en el bosque occidental bajo el pretexto de las patrullas de vigilancia.
Entonces, su estómago rugió.
El sonido rompió el silencio sofocante de manera tan absurda que toda la tensión se disipó de golpe.
—Parece que la Gran Duquesa todavía tiene hambre.
—Ah, bueno… es que…
Ahora que lo pensaba, no había comido nada en todo el día. Intentar adaptarse repentinamente a la vida de Amelia había sido agotador. Ni siquiera había notado el hambre hasta ese momento.
—Sirvan la comida.
La puerta, que había estado cerrada por la gran mano de Raphael, se abrió con sorprendente facilidad. Iba a decir que no hacía falta, que estaba bien, pero su estómago volvió a sonar, y prefirió cerrar la boca.
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—…
—Yo…
Amelia no entendía qué estaba ocurriendo. No tenía problema en que le sirvieran la comida, pero en ningún momento había dicho que Raphael fuera a acompañarla. Ahora él estaba sentado justo frente a ella, y no sabía si lo que comía iba a su boca o a su nariz.
—Alteza, no es necesario que coma conmigo por mi culpa.
Hasta hace un momento tenía hambre, pero con Raphael frente a ella, ya no sabía si estaba hambrienta o saciada. Ese hombre tenía un talento natural para incomodar a la gente. Y era obvio que seguía sospechando de ella. Cualquiera otro ni siquiera habría dudado, pero su instinto era aterrador.
—Aún no he comido, así que no te preocupes.
—Ah… sí…
¿Cómo no iba a preocuparse? Era imposible no mirarlo. Era el tipo de persona que atraía la atención solo con existir. Tenerlo enfrente hacía imposible no lanzar miradas furtivas. Además, era la primera vez que lo veía en persona.
—Dicen que te opones a la patrulla de Leonel.
Estuvo tan tensa que por poco no se dio cuenta de que él le hablaba. Frente a ella estaba Raphael Lloyd Siegfried, un hombre sin sangre ni lágrimas. No podía permitirse bajar la guardia ni un solo instante.
—Sí. Leonel todavía es muy joven.
—¿No habías dicho que no te involucrarías en absoluto en la educación del niño, Gran Duquesa?
¿Amelia había dicho algo así? Ella no lo recordaba en absoluto. Y cómo iba a hacerlo, si esa parte de la historia no le pertenecía a ella, sino a la verdadera Amelia.
—¿De verdad dije eso?
—Claro. Me rogaste que me encargara de todo, exactamente como yo quisiera.
Al oír la palabra rogar, Amelia frunció levemente el ceño. No necesitaba escuchar más para imaginarlo. Seguramente la verdadera Amelia había ofrecido a Leonel como moneda de cambio con tal de ganarse el favor de Raphael.
—He cambiado de opinión.
—…
—Hablaré con Leonel sobre la patrulla de reconocimiento y luego te lo haré saber.
Quería impedirle de inmediato hacer algo tan peligroso, pero Leonel confiaba ciegamente en ella, y eso la frenaba.
—Leonel necesita entrenamiento.
Entrenamiento. Ni que fuera un perro. No era una palabra que se usara para un hijo. Raphael solo lo veía como un heredero de la casa Siegfried. ¿Qué importancia tenía si no podía invocar una bestia mágica? Quitando eso, Leonel era un niño perfecto.
—Aún no es tarde para empezar cuando crezca un poco más.
—Todos los Siegfried comienzan su entrenamiento desde una edad temprana.
En realidad, Leonel no podía invocar una bestia antes de llegar a la adultez. En otras palabras, cualquier tipo de “entrenamiento” ahora sería inútil. Peor aún, podría dañar su estabilidad emocional.
—No puede invocarlas bestias, pero puede calmarlas, ¿no es así?
Leonel tenía talento en todos los sentidos. Aunque para los Siegfried eso era algo natural, ella no lo veía así. Poseía una inteligencia y una fuerza física superiores a las de sus compañeros, además de una habilidad excepcional tanto en magia como en esgrima. Y, para colmo, había heredado el atractivo de Raphael. No era un niño que mereciera desprecio solo porque no podía invocar una bestia.
—¿Y cómo sabes eso tú?
—Sería absurdo que todos lo supieran menos su madre.
—Pensé que no te interesaba el niño.
Era de conocimiento común que Leonel no podía invocar bestias mágicas y solo tenía la capacidad de calmarlas. Todos lo sabían, excepto Amelia, que jamás se había preocupado por él.
—Ya le dije que estoy intentando cambiar.
Incluso así, conversar con Raphael era una experiencia agotadora. Tenía un rostro tan hermoso que resultaba casi molesto mirarlo, y aun así ella sentía un rechazo instintivo. Quizás porque sabía muy bien lo peligroso que era.
—¿Hasta cuándo crees que voy a seguir creyendo tus palabras, Gran Duquesa?
—¿Perdón?
—Te estoy diciendo que dejes de mentir descaradamente.
Con esas últimas palabras, Raphael abandonó el comedor. No importaba lo que ella dijera, él no le creía. Ni siquiera la había sospechado antes porque estuviera actuando diferente; Raphael simplemente desconfiaba de todo lo que proviniera de Amelia.
—Así que… ni en los huesos puede confiar en ella.
Aun sabiendo lo mal que Amelia lo había tratado, no esperaba ese tipo de reacción.
—Ha… —suspiró con cansancio.
—¿Desea retirarse a sus aposentos, su gracia? —preguntó May.
Gracias a los cambios de ese día, May ya había empezado a llamarla su gracia, aunque aún con evidente desgana.
—Sí.
Seguramente Raphael ya estaría en otro cuarto. Sería absurdo pensar que un hombre que despreciaba tanto a Amelia compartiera habitación con ella. Probablemente solo la había estado probando.
—Mañana desayunaré con Leonel.
—Sí, su gracia.
Pero Raphael seguía allí, esperándola dentro de la habitación. ¿De verdad pensaba dormir con ella, como había insinuado?
—Parece que ya es hora de descansar, su alteza…
Si tuviera más energía, habría podido seguirle el juego a esa especie de prueba, pero su cuerpo gritaba de agotamiento.
«¿Será que el mayor villano de este mundo no se cansa nunca?»
—Su alteza… —murmuró con cautela.
—Parece que has olvidado nuestro acuerdo.
Antes de que pudiera reaccionar, el pecho de Raphael se cernió sobre ella. Amelia se quedó sin aliento. De ese cuerpo enorme emanaba un aroma profundo, frío, como el de un mar oscuro en plena noche.
Créditos:
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Sach~
Corrección: Taesty
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