Capítulo 06

Todos decían que esos ojos color café eran infelices, pero para ella se veían muy hermosos. Cuando se encontraba con esos ojos, suaves como chocolate con leche, la dulzura brotaba por sí sola. Era mucho mejor que Raphael, cuyos ojos solo con mirarlos hacían que un escalofrío le recorriera la espalda. Que esos ojos fueran la prueba de que era un “Siegfried a medias” era absurdo.

—Eres el heredero de la familia Siegfried. No hay razón para que escuches esas cosas.

En ese instante quería decirle que lo amaba demasiado, que no había ningún problema en él, pero no podía. Porque más que nadie sabía cómo había tratado Amelia a Leonel hasta ahora. El niño, incapaz de aceptar la situación, solo hacía rodar los ojos, y aquello le pareció demasiado lastimoso.

Solo con mirar sus ojos color chocolate con leche, el corazón se le llenaba de ternura. Y, además, estaba la grasa infantil típica de su edad y el olor a talco de bebé. Más de una vez tuvo que contenerse para no dejar que su rostro se derritiera por completo.

—¿Acaso… es porque no pude soportarlo…?

—Ah, eso… ¿Eh? ¿Qué acabas de decir?

Su rostro aparentaba no estar afectado, pero sus ojos, empapados hasta el borde, miraban hacia Amelia, lo cual la sorprendió enormemente.

—He cometido un error.

—… ¿De verdad crees que te estoy regañando?

—¿No… es así?

No era, en absoluto, una situación en la que Leonel hubiera hecho algo mal. Y aun así, él seguía insistiendo en culparse a sí mismo, cosa que ella no entendía. Además, que pensara que cada cosa que decía era un regaño resultaba extraño.

—Leonel, yo no te estoy reprendiendo.

Aun así, su expresión mostraba que no lo creía en absoluto. No sabía por dónde empezar para deshacer semejante malentendido.

—Estoy enfadada con May por haberte tratado sin respeto.

—… Sí, lo entiendo.

Si recordaba el comportamiento de Amelia en el pasado, no resultaba raro que reaccionara así… pero nunca pensó que fuera tan grave. Aunque Leonel amaba a su madre más que a nadie y deseaba ser amado por ella, al mismo tiempo Amelia era para él un ser temible.

Pero aquel terrible suceso aún no había ocurrido, y ella pensaba que, si iba con calma, podría cambiar las cosas.

—Le hablaré a Su Excelencia, de modo que no tendrás que ir más a las patrullas de la frontera.

—Eso no lo quiero.

Pensó que con esas palabras Leonel se alegraría, pero estaba completamente equivocada.

—Estoy bien. Puedo hacerlo.

—Leonel.

—Gracias por preocuparse.

Creía que, por miedo a Amelia, jamás rechazaría, pero Leonel, por primera vez, la miró fijamente y expresó con claridad su negativa.

—No me resulta tan difícil. Es lo que un Siegfried debe hacer.

Tras cada patrulla, pasaba al menos dos días enfermo… y aun así mentía con toda naturalidad. Amelia lo miraba fijamente. Parecía que lo hacía por miedo a que ella o Raphael encontraran un defecto en él. Leonel no dejaba de esforzarse una y otra vez para convertirse en un auténtico Siegfried.

Por alguna razón, el despertar de Leonel sucedió mucho después. Tanto, que hasta la sucesión del puesto de cabeza de familia se veía en peligro. Si no fuera por el respaldo de Raphael, incluso heredar el título de Gran Duque habría sido imposible. Entonces comprendió por qué decían que Leonel era un Siegfried a medias.

—Eso puede esperar. Cuando crezcas, no será tarde para hacerlo.

—…

—Hablemos de las patrullas más adelante, con calma.

Decían que los niños dóciles, cuando se volvían obstinados, eran imposibles de soportar. Leonel era justo ese caso. Con los labios apretados, incapaz de volver a decir “no quiero”, Amelia tragó saliva en silencio. La familia Siegfried era conocida por poseer una fuerza que superaba a los humanos: cuerpos fuertes, habilidades excepcionales en magia y en esgrima. En todos los aspectos eran perfectos.

Y, por encima de todo, poseían el poder de invocar bestias mágicas, lo que hacía que incluso el imperio no se atreviera a tocarlos. No en vano se decía que hasta el propio emperador les temía. La capacidad de invocar bestias variaba según la fuerza de cada individuo, y Raphael era el más poderoso de todos los Siegfried hasta la fecha.

—Decidiremos todo después de hablarlo contigo, así que no tienes que poner esa cara.

Amelia intentó sonreír para aliviar la tensión del rostro de Leonel, arrugado por la inseguridad. Pero su gesto produjo el efecto contrario. Sus labios apretados y el contorno de sus ojos endurecidos mostraban claramente que estaba asustado.

—De verdad, no te preocupes.

—Lo sé. Mi madre nunca me haría hacer algo malo.

Con una ligera sonrisa, asegurando que confiaba en ella, la respuesta de Leonel hizo que Amelia se llevara una mano al pecho. Desde pequeño, su rostro, tan parecido al de Raphael, ya era sobresaliente. Incluso ahora podría hacer llorar a más de una niña de su edad. Le enfurecía que un niño tan bello y perfecto recibiera ese trato.

Quería decirle que no confiara en nadie, que tendría que vivir solo y que jamás debía creer en nadie… pero no podía. Al darse cuenta de que se había convertido en Amelia, lo primero que pensó fue en escapar de aquel lugar. Por eso, Leonel no era para ella una presencia bienvenida: en el peor de los casos, sería un obstáculo para su huida.

—Yo… creo en usted, madre.

Al ver la tímida valentía con la que Leonel pronunciaba esas palabras, Amelia tomó una decisión: haría lo imposible por darle a ese niño la felicidad que merecía.

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Leonel, aunque sentía miedo de Amelia, al mismo tiempo la quería demasiado como madre. Aun cuando trataba de no sospechar ni hacerse ilusiones, sus ojos brillaban con una emoción contenida, prueba irrefutable de lo que sentía.
Dejar atrás a un niño así y huir sola… eso era simplemente imposible.

Cuando ella le dijo que a partir de mañana comerían juntos, Leonel asintió con la cabeza como si no pudiera creerlo. Amelia lo dejó en su habitación y salió. En el fondo quería quedarse más tiempo con él, pero no podía. Quizá era cierto que no se encontraba bien, pues su rostro cansado delataba un agotamiento que ella no quiso empeorar con su presencia. Al final, mientras la despedía todavía con una expresión incrédula, Amelia le agitó la mano suavemente.

—Él también me la agitó…

Aunque lo hizo con una expresión torpe y apenas levantando la mano un poco, para Amelia resultó tan tierno que le dieron ganas de morderlo de lo adorable que era. Definitivamente, la familia Siegfried estaba llena de gente extraña. ¿Cómo podían tratar así a un niño como él?

—…

Pero en el instante en que vio a May, que no se había atrevido a entrar y la esperaba afuera de la puerta, la sonrisa de Amelia desapareció. A pesar de haber prohibido su cercanía, ahí seguía, como una sombra.

—Regresaré a mi habitación.

Cada vez que veía a alguien de esa casa que no fuera Leonel, le resultaba insoportable. Prefería encerrarse sola y no encontrarse con nadie.

—Sí.

—Ah, y a partir de mañana comeré con Leonel.

—¿Cómo dice?

—Si lo entendiste, encárgate de prepararlo.

Amelia dejó a las doncellas atónitas y se marchó sin más. Es cierto que allí no tenía poder alguno, pero si podía ver a Leonel todos los días, las cosas empezarían a cambiar.

—¡Mi señora…!

—Voy a descansar en mi cuarto. No entres.

—No es eso, sino que…

No quería escuchar más excusas sobre la necesidad de acompañarla. Ignorando las manos que intentaban detenerla, caminó decidida hacia su habitación. Tal vez lo peor fue abrir la puerta de golpe, temerosa de que la siguieran.

—…

¡Clac!

El ruido de la puerta cerrándose a su espalda la dejó inmóvil. Amelia olvidó incluso cómo respirar, incapaz de apartar la vista de lo que tenía delante.

—¿Piensas quedarte ahí parada?

Nadie le había dicho que Raphael estaba dentro. ¿Acaso no era su habitación?

—¿Por qué… por qué está aquí?

—¿Necesito permiso para entrar a mi propia habitación?

Estaba tan alterada que había entrado en el lugar equivocado. No había otra explicación. No era posible que Raphael y Amelia compartieran habitación.

—Ah, lo siento. Debí haberme equivocado de cuarto.

—No es ninguna equivocación.

Cuando intentó abrir la puerta, una mano grande y firme la cerró de nuevo. Raphael se encontraba ya a su espalda sin que ella se diera cuenta, y Amelia quedó petrificada al sentir su presencia. No se atrevió a girarse; solo podía contener la respiración.

—Es… extraño.

—…

Quiso preguntar qué quería decir con eso, pero sabía que en aquel momento debía guardar silencio. El aire se volvió pesado con esa mirada amenazante que podía sentir sobre su nuca, haciéndole erizar la piel. Eran ojos dorados, como el ámbar, los de un depredador evaluando a su presa.

Solo con ver la mano apoyada en la puerta resultaba evidente. Era enorme, como si pudiera aplastar con facilidad una cabeza entre sus dedos. Su cuerpo, musculoso y robusto, parecía la encarnación del dios de la guerra, Ares. Con esa fuerza, podía envolver el cuerpo frágil de Amelia en un instante y sin esfuerzo.

Frente a Raphael, ella no era más que un ratón ante un gato… o peor aún, un conejo frente a un león.

—¿Quién eres tú?


Créditos:

Raw Hunter: Georgi

Traducción: Sach~

Corrección: Taesty


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