—¿Qué quiere decir con eso?
Amelia se soltó de las doncellas que la sujetaban, mirando los dorados ojos que seguían observándola con indiferencia. ¿Acaso lo que él decía significaba que no debía fingir preocuparse por Leonel?
—Lo dije claramente. Solo quiero una cosa de ti.
—Ah, ¿se refiere a ocupar el puesto de Gran Duquesa solo de nombre?
—Exacto. Así que no tienes por qué fingir de repente ser una madre compasiva.
Por un instante pensó que quizá hablaba en consideración de Leonel, pero no era así. Simplemente le molestaba que ella actuara de manera diferente a lo habitual. Incluso ahora, en los ojos de Raphael no se veía ni un atisbo de preocupación.
—No está mal que una madre se preocupe por su hijo, ¿o sí?
—…
Por supuesto, esas palabras no tenían sentido en boca de Amelia. Recordando cuánto había detestado a Leonel, era imposible que esas frases fueran sinceras. Y nadie lo creería. De hecho, en cuanto las pronunció, la reacción de los presentes lo decía todo: rostros sorprendidos como si hubieran escuchado un disparate.
—Es extraño oír eso de ti, Amelia.
—He recuperado la cordura. Pensé que al menos debería haber un protector adecuado al lado del niño.
Raphael frunció apenas el ceño, pero Amelia no borró la sonrisa de sus labios. No había dicho nada incorrecto. Ni la Amelia original ni Raphael podían considerarse verdaderos protectores.
—Que cambie de parecer a estas alturas… eso sí que es curioso.
Claro, ella no era la Amelia original. Sin embargo, verle sonreír con aquella belleza arrogante hacía difícil apartar la vista. Parecía que con esa risa burlona iluminaba el entorno como si murmurara palabras de amor.
—Así que… ¿me permitirá ir a ver a mi hijo?
—… Dejenla pasar.
Tras un tenso instante de confrontación, una sola orden de Raphael bastó para que caballeros y doncellas se apartaran apresuradamente.
—Agradezco profundamente su consideración, alteza.
Mientras se alejaba con paso rápido, Amelia inclinó la cabeza en señal de respeto hacia la espalda de Raphael. Lo mejor era eliminar de antemano cualquier motivo de reproche.
—Vamos con Leonel.
—Sí, alteza.
Le resultó irónico ver cómo la doncella que un momento antes le había cerrado el paso, ahora inclinaba la cabeza obedientemente. Era como mirarse en un espejo.
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Frente a la puerta, se oían voces. La gruesa madera hacía que las palabras se cortaran a ratos, pero el contenido era claro.
—¿Q-Que mi madre viene a verme?
—Sí. Seguramente porque el joven amo no ha mostrado señales de despertar y ha venido a reprenderlo.
¡Clac!
No pudo soportarlo más. Antes de que las doncellas abrieran, Amelia misma empujó la puerta.
—¿M-Madre…?
—Acabo de oír frente a la puerta algo ridículo, ¿me equivoco?
En estos casos, sorprender en el acto era lo más eficaz para que nadie pudiera negarlo.
“—Si fuera Siegfried, lo haría sin duda”.
Leonel había creído sin cuestionarlo la absurda mentira de May, y eso le resultaba doloroso a Amelia. No era de extrañar: en el pasado, Amelia había lanzado toda clase de insultos crueles contra su hijo. Medio tonto, inútil, defectuoso… palabras que jamás deberían dirigirse a un niño. Y al final, siempre lo mismo: que si él hubiera nacido perfecto, Raphael la habría amado. Culpaba de todo a Leonel, un niño de apenas cuatro años. Desde que aprendió a hablar, sufrió esa violencia verbal hasta el día de su muerte.
—¿A-Alteza…?
—He escuchado demasiadas tonterías.
Al entrar, Amelia vio el rostro pálido de Leonel. Aunque intentaba aparentar calma, sus hombros temblaban levemente, delatando su miedo. ¿Cómo podía llamarse a eso una relación normal entre madre e hijo? Más bien parecía que hubiera visto a un fantasma.
—Juraría que solo te pedí que le comunicaras mi visita.
—Eso es…
—¿O es que siempre ha sido así?
May había cruzado el límite. En realidad, lo había hecho hacía mucho, aunque nadie lo señalara. Que una sirvienta guardara rencor a su señora ya era un error grave.
—No he venido a reprender a Leonel.
—…
Amelia se mostró aún más tranquila de lo que en realidad estaba, a pesar de que la rabia la consumía. No tenía poder para deshacerse de May en ese instante. Incluso cuando ordenó que todos salieran al llegar el médico, May había desobedecido y se quedó sin inmutarse.
No podía despedir a la jefa de doncellas de inmediato, pero al menos podría usar esto como excusa para apartarla de Leonel.
—¿Siempre ha sido así cuando yo no estaba?
—No era por otra razón, yo solo…
—Una simple jefa de doncellas atreviéndose a dar consejos al heredero de la casa Siegfried…
Amelia pasó de largo, ignorando a May que permanecía cabizbaja y muda. Lo importante ahora era Leonel. Estaba temblando con el rostro desencajado, sin comprender la situación. Si fuera ella, habría odiado a sus padres, pero Leonel no.
Él amaba a su madre. Aunque en palabras decía lo contrario, incluso en el momento de su muerte, pensó en Amelia.
—L-Lo siento mucho.
—Desde ahora no te acerques más a Leonel.
Sintió inmediatamente la mirada ardiente de May, cargada de resentimiento, pero Amelia no apartó los ojos. La mujer no podía contener la rabia, y la dejaba ver en cada rasgo de su rostro.
—No entiendo qué quiere decir.
—¿O prefieres que informe de esto a su alteza?
—…
—Sabes bien qué opción te resultará más favorable, ¿verdad?
Para May, ser descubierta por Raphael debía de ser peor que la muerte. Aunque, claro, él ya lo sabía todo. De cualquier modo, no le importaba en absoluto cómo trataban a su hijo. Para Raphael, Leonel no era más que una pieza inútil. Pero para la jefa de doncellas, esa advertencia sí era efectiva.
—Entendido.
Resultaba extraño que, siendo incapaz de ocultar sus emociones, May hubiera aguantado tanto tiempo en la casa ducal. Cuando ella salió, por fin Amelia y Leonel quedaron completamente a solas.
—Leonel.
—Sí, madre.
Solo por llamarlo por su nombre, Leonel se tensó de inmediato, rígido como una tabla, y aquello hizo que Amelia vacilara.
—He oído que no te sentías bien… ¿te encuentras mejor?
Quizá no debería haber venido. Pero desde el momento en que supo que Leonel existía, le resultó imposible no buscarlo. Su brillante cabello rubio y sus suaves ojos castaños eran exactamente como estaban descritos en el libro, y eso la dejó sin palabras. De pronto comprendió por qué Leonel resentía a Raphael.
A excepción del color de ojos, eran idénticos. Los miembros de la familia Siegfried siempre nacían con cabellos dorados y ojos dorados. Esa era la marca de los Siegfried. Para Amelia no era una característica, sino una maldición. A simple vista, tener oro en los cabellos y en los ojos no parecía nada especial, pero en realidad lo era.
—… Sí, estoy bien. Lo lamento. No pude cumplir adecuadamente con mi tiempo de educación con padre…
¿Acaso se refería a que salir a patrullar las fronteras era “tiempo de educación”? ¿Ese disparate era lo que llamaban enseñanza?
—Esto no volverá a suceder.
Por eso Leonel nunca mostraba si se sentía mal, sino que enfermaba en silencio, sin decir nada. Era desesperante pensar que el autor lo había escrito así. Tanto Amelia como Leonel habían sido utilizados sin compasión. Ella, solo como instrumento para traumatizar al niño. Él, como villano absoluto, para que el amor de los protagonistas pareciera puro e inmaculado.
—Lo siento.
—¿Por qué me pides perdón?
El dorado de los Siegfried no era un dorado cualquiera. Era el oro más puro, sin una pizca de impureza, exclusivo de esa familia. Decían que incluso el oro auténtico perdía su brillo frente a ellos. Y era cierto: solo ver el cabello de Raphael podía dejar sin aliento. Brillaba bajo el sol como si estuviera cubierto de polvo de estrellas, hechizando a cualquiera.
—Entonces… ¿no es eso?
—Leonel.
—Sí, madre.
Su cuerpecillo aún mostraba la ternura de la infancia; sus mejillas, redondeadas, guardaban el resto de grasa infantil. Amelia sintió pena al verlo tan pequeño y ya tan acostumbrado a medir las reacciones de los demás. Solo por no tener los ojos dorados, Raphael había despreciado a un niño tan adorable. Eso la enfurecía.
De hecho, a su juicio, Leonel era mucho mejor que Raphael. Por muy extraordinario que fuera el “dorado de los Siegfried”, en verdad era inquietante. Se parecía al ojo de una bestia, como el de un reptil, con pupilas que se contraían en vertical. Era hermoso, sí, pero al mismo tiempo aterrador, casi inhumano.
—¿Cuántos años tienes?
—Ah… cinco años.
Trataba de disimularlo, pero la decepción de Amelia era evidente. Ni siquiera sabía la edad de su hijo. Le dolía más que si él le reprochara directamente su descuido. Cinco años… lo que significaba que faltaba apenas un año para el suceso del libro.
El suicidio de Amelia, que cambiaría para siempre la vida de Leonel.
El corazón se le encogió. Si al menos hubiera poseído este cuerpo antes, o incluso antes de casarse con Raphael… En la historia, incapaz de soportar no ser amada, Amelia acababa ahorcándose frente a su hijo, culpándolo hasta el último segundo. El pequeño Leonel presenció todo, y el shock fue tan grande que perdió el conocimiento.
Ese fue el verdadero inicio de su desgracia.
—¿Madre…?
—…
—¿He hecho algo mal?
Como no obtenía respuesta, Leonel empezó a buscar su aprobación con la mirada. La timidez y el miedo que mostraba lo hicieron ver tan frágil que Amelia no pudo evitar alzar la mano.
—¡Ah…!
El niño se estremeció con solo sentir su caricia en la cabeza. ¿Qué clase de crianza había recibido para asustarse ante una caricia? Claro, ella no dijo nada mientras lo tocaba, pero un niño común jamás reaccionaría así.
—Así es, tienes cinco años. A esa edad, si te duele, puedes decir que te duele. Puedes llorar y quejarte si algo no te gusta.
—…
—Y también debes decir claramente cuando algo no te agrada.
El tacto de su cabello suave se sentía tan agradable que estuvo a punto de acariciarle las mejillas también, como si fuera un cachorro adorable. Pero se contuvo y retiró la mano rápidamente: para un niño que solo había recibido gritos, una caricia inesperada podía resultar tan desconcertante como aterradora.
—¿Eh…?
—Lo que quiero decir es que no tienes que escuchar tonterías como las que dijeron antes.
Aunque Raphael no reconociera a Leonel, ni siquiera una simple jefa de doncellas tenía derecho a tratarlo así.
—Sé que mis palabras te parecerán extrañas.
—¿Madre…?
Cuando recién se convirtió en Amelia, había pensado que sería más fácil si Leonel no existiera. Al fin y al cabo, estaba destinado a convertirse en un gran villano. Pero al mirarlo a los ojos, con ese cálido color castaño, comprendió algo.
Ella nunca podría darle la espalda a ese niño.
Créditos:
Raw Hunter: Georgi
Traducción: Sach~
Corrección: Taesty
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